Ni tres, ni reyes, ni magos

Crecí yendo a misa. De niño, mi padre nos llevaba los domingos en el pueblo y no perdonaba las llamadas “fiestas de guardar”, incluida la llamada misa de gallo, en navidad. Alguna habremos logrado evadir, pero yo recuerdo dos episodios muy vívidamente:

(1) Los lavatorios, en jueves santo, con la iglesia a reventar de feligreses: el cansancio, el calor, el tedio y el morbo de ver al cura besando pies que imaginábamos mugrientos y malolientes, conforman un recuerdo imborrable y hasta divertido.

(2) La misa de un día de reyes en que el cura dijo algo que siempre rememoro en esta fecha. Mi recuerdo lo ha reconstruido casi como un grito, quizás porque el eco de los viejos parlantes instalados en el templo tenía ese efecto.

Veo al cura en el atril (nunca supe por qué ya no se usaba el púlpito elevado), no muy alto él, con casulla verde y adornos dorados, desentejado y peinado hacia atrás, con el pelo haciéndole bucles en la nuca, sudoroso, hablándole a un micrófono con capuchón de espuma roja.

Me parecía enfadado cuando dijo lo que dijo, como desmintiendo un desaguisado, llevando la luz a sus fieles: “No hubo tres reyes magos. No eran ni tres, ni reyes, ni magos. Eran cuatro sabios de Oriente”.

Cuatro sabios de Oriente, dijo. Con un móvil de los de hoy en mitad de los años ochenta, más de uno habría revisado la Wikipedia en segundos y es posible incluso que hubiese circulado un video viral. Pero nada de eso pasó y en mí se quedó ese recuerdo recurrente cada 6 de enero.

Para escribir esto, hice una búsqueda rápida en Google sobre el cuarto rey mago y aparecen varias fuentes que lo mencionan, ninguna con mayor credibilidad: la mía es el cura del pueblo, y desde entonces, cada que se mencionan los tres reyes magos, mentalmente corrijo: ni tres, ni reyes, ni magos.

Un cuento (real)

A alguno le dará asco. Y a mi también, claro: hoy he encontrado un ratón en mi biblioteca. Un ratón de biblioteca, en el sentido más literal posible. Llevaba varios días encontrando sus heces (pequeñitas, duras, negras) pero no sabía de qué eran, no se nada de ratones Creo que pude haberlo imaginado, pero sólo hoy que lo vi (“con estos ojos que se han de comer los gusanos”, como diría Regina, una señora ya mayor, que ayudó a que yo me criara) puedo estar seguro de que se trata de un ratón. No es una rata, no: es un ratón pequeño y veloz. Tampoco es una zarigüeya, que hay una que vive cerca, aunque la he visto pocas veces en casi cinco años que llevo viviendo en esa casa. Quiero que se vaya el ratón, por supuesto, y si pudiera determinar su comportamiento por nudges alguno intentaría para simplemente ahuyentarlo. Pero no puedo evitar disfrutar el dejo literario que tiene encontrar un ratón en la biblioteca: mi ratón de biblioteca.

Hace unas semanas vi uno en el jardín, hurtándose unas croquetas de la comida de Shakespeare y Pinocchio, nuestros galgos. Era cerca de media noche y ya todas dormían. Yo, sentado en la sala, le vi acercarse a los comederos de los perros y cogía velozmente unas croquetas, para devolverse veloz a la pequeña manigua que tenemos por jardín. Yo no sabía que ya el ratón había entrado, pero parece que fui yo mismo quien le abrió la puerta, cuando decidí dejar abierta la del jardín… yo pensaba que así los perros podían bajar a mear en las noches, sin orinar la alfombra de la sala… o mi sillón de la biblioteca. Ahora parece que tenemos un zoológico de fauna urbana: en el día, al menos tres especies de aves llegan a comer lo que los gañanes perrunos dejan, y en la noche los ratones. Durante todo el día oímos el canto de los pájaros, aunque mis favoritos son los gritos de los pericos, unas cotorritas verdes que están todos los días por ahí. Hace rato no veo las guacharacas ni las guacamayas, pero a diario llegan las tórtolas, los bichofués y alguna más, a comer el pienso de alta gama que tenemos que comprar para los estómagos sensibles de los pequeños galgos. Las aves y los perros parecen disfrutarlo, y ahora el ratón ha descubierto también su potencial alimenticio: tras los libros —además de las heces— había decenas de croquetas que llevaba en la noche, y hasta los restos de un chocolate que quién sabe de dónde sacó.

Lo oí de madrugada: sus pasos veloces sobresaltaron el silencio de la madrugada decembrina. Ya en el mismo espacio había encontrado, hace algunos meses, un alacrán, posado sobre el espaldar del sillón en el que suelo leer. Allí estaba yo, intentando rescatar algunos minutos de sueño antes del alba y el ruidito me inquietó. No me sobresaltó, porque es discreto, pero sí me dio claras señales de que yo no estaba solo. Encendí la linterna del celular, me agaché y lo vi por un instante, rapidísimo.

Más allá de las evocaciones literarias del ratón en mi biblioteca, creo que hoy ha comenzado una batalla territorial, aunque mi hija piense que puede ser el ratón Pérez.

Títulos y políticos

Desde hace algunos años en España se ha debatido mucho acerca de títulos universitarios obtenidos de manera fraudulenta. El común denominador en casi todos los casos es que los “estudiantes” implicados se dedican de manera profesional a la política. Dejemos de lado el caso de los doctorados honoris causa, que en no pocas ocasiones sirven para que cierta clase de académicos pueda congraciarse con algún político de moda (o algún académico que ponga a circular el nombre de la universidad correspondiente): muy célebre fue el concedido al entonces ministro de Economía Rodrigo Rato, que tuvo la oposición de un nutrido grupo de académicos de la Universidad de Alicante, razón por la cual finalmente no se entregó.

Concentrémonos, pues, en los títulos “reales” pero concedidos a quienes no cursaron realmente los programas o no satisficieron los requisitos de grado reglamentarios. Recuerdo ahora varios casos muy sonados. Pongo solo un par de ejemplos de una tela muy larga.

  1. El del presidente de una comunidad autónoma que habría realizado su tesis doctoral mientras estuvo en el cargo, y a cuyo acto de defensa, que fue privado y no público, como es habitual, concurrieron varios políticos en ejercicio de su cargo, por el mismo partido al que pertenecía el presidente. Este caso, algunos años después, volvió a ser famoso. Ya lo era, porque el director de tesis y el tribunal en pleno pertenecían a órganos políticos, pero volvió a serlo porque la tesis doctoral nunca se divulgó ni se publicó en el repositorio universitario (lo que suele ser, también, muy excepcional) y porque años después, se denunció que la misma tesis era plagio de diferentes publicaciones. El académicamente oscuro presidente no volvió a figurar políticamente, pero hasta donde recuerdo su tesis (y el título correspondiente) jamás fueron oficialmente discutidos.
  2. El de un grupo de políticos (vinculados al mismo partido del caso anterior) con títulos de máster expedidos por otra universidad, cuyo rector mismo fue acusado de plagio. Uno de los más cuestionados fue el de la presidenta de otra comunidad autónoma que se vio implicada en el escándalo y, si bien salió absuelta penalmente, quedó demostrado que ni había ido a clases ni quedó registro alguno del trabajo que había presentado para obtener el título.

En Colombia no nos quedamos atrás. Un actual precandidato a la presidencia alardeó durante años de un título de doctorado que nunca tuvo; otro político (inicialmente cuestionado por su maestría) hablaba de un doctorado en el que —como al Perro Romero, de La estrategia del caracolsólo le faltaba la tesis; un senador también ha dado mucho de qué hablar en su pelea con la universidad que le confirió el título de abogado tras haber superado exámenes de suficiencia, preparatorios y trabajo de grado con la facilidad y rapidez de una mente brillante que yo nunca he visto en más de quince años en la academia jurídica. No será de la gravedad de un proyecto de ley alguna vez acusado de plagio, pero estos antecedentes y otros muchos advierten de que nuestra clase política no está exenta de los escándalos académicos.

Menciono dos de esta semana, para concluir: la presidenta de la Cámara de Representantes fue acusada de plagio en su tesis de maestría y la universidad correspondiente abrió una investigación. Y comenzó a debatirse la calidad de una maestría que realizaron, entre otros, un concejal y varios funcionarios del actual gobierno de Medellín. Según un diario, el concejal que obtuvo el título era al mismo tiempo “board member” de la universidad en Estados Unidos que otorga el título (firmado por él mismo en calidad de “board member”), y sostiene que está “muy bien visto en el ámbito académico” que las directivas hagan sus estudios en las mismas instituciones donde ejercen, lo cual no es del todo falso: es cierto que mucha gente lo ve bien.

Una cuestión sociológica muy interesante es la tensión que hay entre la baja calidad de la educación en Colombia y el notable interés de los políticos por inflar sus títulos y alardear de ellos. En esa tipología, uno podría encontrar (i) títulos de alta calidad realmente obtenidos o verdaderos (ii) títulos de alta calidad, pero falsos u obtenidos fraudulentamente, (iii) títulos de baja calidad realmente obtenidos o verdaderos y, finalmente —el peor de todos los escenarios— (iv) títulos de baja calidad, pero falsos o fraudulentamente obtenidos. Se podría caer en el nivel de la anécdota y muchos encontrarían cómo el chafarote del curso, sin preparación alguna pero bien relacionado, terminó en notables cargos públicos, en desmedro de funcionarios de carrera que bien podrían desempeñar esas funciones con pulcritud y decoro.

Me gustaría creer que una sociedad virtuosa tiene la tendencia a conceder un lugar privilegiado en la administración de lo público a quienes mejor se han formado, muchas veces incluso con dinero público y muchas veces con deseos expresos de devolverle a esa sociedad parte de lo que en esa formación se ha invertido. Me refiero a quienes mejor se han formado, tomándome esa expresión en serio. Es decir: no hablo necesariamente de quienes hayan tenido títulos más altos (ni reales ni fraudulentos). Me resisto a creer que la sociedad privilegia la educación sólo en el nivel de ostentación de títulos sin contenido: me resisto a creer que ese es el lugar que le corresponde a la educación superior en la política.

Profesores

He tenido (o mejor: he padecido) una cierta falta de constancia crónica con mis pasatiempos, aunque más que abandonarlos los acumulo. Con ellos no me planteo como objetivo el goce de llegar a dominarlos, sino lo que en términos ciclísticos sería apenas una “meta volante”: me gusta entender cómo funcionan para tener las bases y practicarlos luego, de manera esporádica, hasta que algún día los deje, como una especie de permanente work in progress en el que siempre podré mejorar. Una vez logradas esas bases, ya puedo buscarme uno nuevo en el que sienta que, más que perfeccionar, estoy aprendiendo. Me pasa sobre todo con los deportes. En la metáfora de Arquíloco sobre zorras y erizos que hizo popular Isaiah Berlin (y luego, Dworkin), yo me veo claramente como una zorra, aunque no solo en relación mis pasatiempos:

«Pues hay un gran abismo entre, por un lado, quienes lo relacionan todo con una única visión central, con un sistema más o menos congruente o integrado, en función del cual comprenden, piensan y sienten —un principio único, universal y organizador que por sí solo da significado a cuanto son y dicen— , y, por otro, quienes persiguen muchos fines distintos, a menudo contextos y hasta contradictorios, ligados si acaso por alguna razón de facto, alguna causa psicológica o fisiológica, sin intervención de ningún principio moral ni estético. Estos últimos llevan vidas, realizan acciones y sostienen ideas centrífugas más que centrípetas; su pensamiento es difuso, ocupa muchos planos a la vez, aprehende el meollo de una vasta variedad de experiencias y objetos según sus particularidades, sin pretender integrarlos ni no integrarlos, consciente o inconscientemente en una única visión interna, inmutable y globalizadora. Visión que, a veces, es contradictoria, incompleta y hasta fanática. Los erizos tienen la personalidad intelectual y artística de los primeros. La zorra, la de los segundos». 

Alguna vez, una persona de la academia a la que admiro mucho, me dijo (con un tono que siempre me sonó más a reproche que a verificación empírica, y claramente nunca fue un elogio) que yo tenía una visión horizontal del derecho, cuando lo habitual —y desde entonces me pregunto si quería decir «lo bueno»— es que los académicos tuvieran una visión más vertical. Ella, que no tiene una visión horizontal, sino que es capaz de tener varias visiones verticales igualmente profundas, pensaba que yo no podía clasificarme como «civilista» o «penalista», o lo que fuera, a pesar de que había estudiado ambas cosas, porque era incapaz de concentrarme absolutamente en una de ellas con la finalidad de dominarla, porque me la pasaba encontrando lazos y conexiones. Esto, que me ha llevado a formarme en diferentes campos del saber jurídico, y me llevó a mi doctorado en un área diferente, me ha pasado en cualquier cantidad de empresas de aficionado en las que me he comprometido, sobre todo deportivas, con alguna incursión en alguna tarea artística. Esto quiere decir que, además de que soy yo mismo profesor hace ya más de tres lustros (y lo he sido en una cantidad de universidades que ya no logro contar), he sido tantas veces alumno que, con algo de exageración, diría que cualquier tipología de profesores que se haga puede ponerse a prueba con los míos.

Con toda esa experiencia, recientemente me he topado con un tipo de profesor que, hasta donde llegan mis recuerdos, no me había tocado nunca en suerte. Es un profesor de una disciplina deportiva y asisto a clases que dan, por segmentos, diferentes profesores. Su característica principal es que da clase a desgano, con frustración, porque se siente cómodo en el juego mismo, pero no enseñándolo: tras sus años de práctica, lo que le resulta obvio no logra transmitirlo (o mejor: no logro yo entendérselo) a los neófitos. Por descontado está que iniciarse en una disciplina deportiva a la edad que tengo, ya descarta la competencia «en serio» como una de las finalidades por las que alguien podría incursionar, pero además mi carácter diletante hace que yo sea (muy) poco proclive a pensar en los deportes que practico en términos de competencia, máxime en un deporte en el que si bien hay competencia, es perfectamente individual, característica que viene muy bien a mi taciturnidad incremental. Pues bien: este profesor (y no los demás), habitualmente insiste en una estrategia pedagógica que a mi me resulta chocante, lección tras lección: que todo o casi todo se pretenda explicar en función de la competencia: “Así no se ganan torneos”, “esta es la bola que le da el campeonato”, «ese error no lo puede cometer cuando esté compitiendo» y expresiones similares, que son un recurso retórico semejante al de quien ve el derecho sólo en términos de un litigio, pero que además dejan la sensación de que si se prohibiera su uso, el profesor no lograría reemplazarlas por otras que transmitan su mensaje pues sólo puede ver el deporte en términos de una competencia en la que él mismo se ha visto comprometido de manera profesional. Esto implica que yo, como alumno, me quedo con la idea de que el profesor no concibe que alguien se interese en “su” deporte con finalidades diferentes de la competencia, como el abogado que no concibe que alguien se aproxime al derecho con finalidades diferentes a ser un litigante. Por ejemplo, una meramente recreativa, como la que tengo yo, que no tengo el más mínimo interés en inscribirme en un torneo.

Ya había advertido algo así con una de mis hijas, también en alguna clase de otra disciplina deportiva (y con un profesor diferente) hasta que fue ella misma la que en un acto de valentía y sinceridad me dijo que no sentía ningún entusiasmo por competir y que sólo quería aprender… y perdió completamente el entusiasmo por ese deporte. He pensado mucho en las palabras de mi hija a propósito de mi profesor, con quien no he logrado tener empatía alguna, al punto de que me produce un tedio terrible la sección de la clase a su cargo. Esa falta de empatía y su especial énfasis en “el torneo” que tan poco me interesa, aunados a su desinterés en responder preguntas (“Eso lo aprende cuanto esté compitiendo” y alguna otra), me han generado alguna reflexión sobre la tarea de quien enseña, además de la apremiante necesidad de cambiar de profesor, pues una vez comprendí su lógica, me he descubierto a mi mismo provocándole sus respuestas descolgadas que desnudan la fragilidad de su docencia, pero que a mi no me enseñan ya nada.

Paso a la reflexión que quería escribir: aunque es un lugar común, con los años aprendí que no hay preguntas irrelevantes. Por supuesto hay preguntas que no tienen conexión con la materia: la mente del estudiante divaga de manera incontenible pues, en palabras de Les Luthiers, tiene derecho a razonar por fuera del recipiente. Vuelvo a mi profesor: le pregunté si era relevante conocer el material, entre varios posibles, del que estaba hecha cierta superficie, para medir su densidad y así identificar el tipo de golpe. Su respuesta fue: “Eso no le importa ahora, cuando esté en un torneo, de pronto”. Además de que eso me indicó que la falta de empatía es mutua (y que el profesor no conocía la respuesta, como evidencié después), me dejó pensando en que una de las habilidades del profesor no está en descartar la pregunta, sino en reconducir los sinuosos caminos mentales de su auditorio.

Pongo unos ejemplos: (i) una pregunta ya respondida puede revelar falta de atención (y entonces el profesor deberá preguntarse por qué no logró captarla en ese momento): me repito habitualmente que mi tarea es que mis estudiantes comprendan lo que yo quiero transmitirles, y que si hace falta repetirlo varias veces para explicarlo mejor, es mi deber moral intentarlo. (ii) Una pregunta sobre algo que más adelante se tiene previsto ver revela interés de quien la formula, un carácter quizás avezado y una mente que alcanza a vislumbrar temas futuros: anticipar una respuesta, aunque sea de manera breve, no le quita nada a nadie, pero cortarla revela debilidades docentes y frustra el pensamiento creativo quien se atrevió a comentar en voz alta sus cuitas. (iii) Una pregunta como la mía, que en efecto parece desatinada para un neófito con ínfulas, puede tener dos respuestas posibles: nada cuesta al experto, si sabe la respuesta, responderla brevísimamente, porque el saber no ocupa espacio.

A un conocido profesor de mis disciplinas, refiriéndose a su auditorio de estudiantes de primeros semestres, le escuché decir que cierta discusión sería como “dar margaritas a los cerdos”. Otro, refiriéndose al carácter excelso de sus conocimientos frente al basto nivel de su auditorio, sugirió que era como “conducir un Ferrari en descampado”. Yo concluyo: si a uno le molestan las preguntas, o bien uno ha elegido mal el oficio (de profesor), o bien ha contado con la mala suerte de serlo donde no se le valora lo suficiente, y en ambos casos el problema es propio (y la solución está en sus manos) y no del auditorio.

Esto me lleva a una segunda reflexión que también es un conocido lugar común: saber mucho de una disciplina no equivale a ser buen profesor. Sobre esto ya volveré en alguna ocasión.

GUILLERMO MONTOYA PÉREZ

Palabras leídas en el Homenaje de las universidades de Medellín, de Antioquia, Autónoma Latinoamericana, Eafit y Pontificia Bolivariana, el 16 de septiembre de 2021

Maximiliano A. Aramburo C.

Profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana

Guillermo Montoya Pérez fue mi vecino de oficina en sus últimos años. Eran unas oficinas modulares, funcionales, pero mal iluminadas y sólo en los últimos tiempos con aire acondicionado. Guillermo no solo había logrado conseguir una de las que tenían ventanas (lo cual producía la sana envidia de quienes carecíamos de luz y aire) sino que además era un vecino cariñosamente molesto: llegaba tempranísimo —entre las 5 y las 6 am—, y desde que entraba cantaba tangos y boleros. Alguna poesía declamaba, con un vozarrón potente que llenaba los espacios, impidiendo cualquier concentración, pero facilitando —como siempre hizo— toda la conversación. Luego se iba a clase y tan pronto cruzaba la puerta, uno se quedaba tarareando la canción que Guillermo venía de cantar, y empezaba a extrañarlo. Mientras Guillermo estaba en clase, la tortura cariñosa de su voz la padecían sus alumnos, a quienes perturbaba con sus disquisiciones teóricas, sus cuadros sinópticos perfectos y sus ideas lúcidas que recorrían todo el derecho privado, no importa cuál fuera la materia que ese semestre le tocara en suerte. Allí, en el aula, exponía ideas que eran propias, porque Guillermo no copiaba a nadie y no permitía que nadie copiara: feroces fueron algunas discusiones que tuvimos al respecto evaluando trabajos de grado.

Al terminar sus clases, Guillermo nunca volvía solo. Casi siempre llegaba acompañado de pasteles, buñuelos, o cualquier vianda que se le atravesara en el camino en su regreso del aula: irrespetaba democráticamente dietas y restricciones alimentarias ajenas. Y además de comida, cuando no lo seguían los estudiantes en busca de una explicación teórica o empujando un reclamo sobre un examen, lo seguía un humilde en busca de consejo; o Ricardo, el lotero, para revisar los números de los sorteos de toda la semana. Guillermo con ellos, con los humildes, no era abogado. Guillermo con ellos no necesitaba de los libros que escribió (lo escrito, escrito queda) así que no les entregaba solo su conocimiento, y quizás no iban por eso: a ellos les regalaba su tiempo y les dedicaba horas enteras. Hoy quisiera preguntarle por qué a los estudiantes los despachaba pronto (a llorar al atrio) y a las señoras del aseo las atendía largamente. Ustedes, que conocían a Guillermo mejor que yo, también se imaginarán la respuesta que nos hubiera dado: “lo que los estudiantes necesitan es que se les empuje a pensar, lo que esta señora necesita es a alguien que la escuche y una voz que la aliente”. 

Como las paredes eran delgadas y la voz de Guillermo era potente, fui su alumno y su cliente indirecto e involuntario. Las cartas y memoriales que le dictaba por teléfono a Dorita, me las dictaba también a mi, y las remembranzas de sus antiguos alumnos (de todas las universidades aquí representadas) me las contaron también a mi. Guillermo se sentaba estremecido a escribir las palabras que leía en los funerales de sus amigos y familiares que se fueron anticipando en el viaje que al final él emprendió, y con prodigiosa memoria recordaba (también lo hacía por teléfono) los detalles de cada encuentro con visitantes y seres queridos de los que se despedía.

Así que fui testigo de sus últimos años de vida y aunque no fui su alumno directo, aprendí muchas cosas de él. Sus estudiantes recuerdan sus tableros impecables y sus exámenes imposibles. Sus contrapartes, su lealtad y rigurosidad teórica a toda prueba. Sus clientes, su honestidad en sus posiciones. Yo quiero recordar aquí, como parte de este mínimo homenaje, su faceta de investigador, de escritor. Y para hacerlo tomaré como pretexto su última publicación: los “Veintidós divertimentos jurídicos”, que subtituló Breves comentarios sobre diversos aspectos de derecho privado. Ese librito muestra a un Guillermo maduro en sus reflexiones jurídicas; aquilatado, inspirado fuertemente por el gran magistrado Ricardo Uribe Holguín, a quien quiso emular, provocando el debate “racional y razonado, dejando de lado el argumento de autoridad, para buscar explicaciones lógicas”: Guillermo se sabía iconoclasta, como Uribe Holguín, y no quiso marcharse del mundo sin dejar un último testimonio de ello, como si su propia personalidad, sus libros anteriores y sus miles de horas de vuelo en clase, no fuesen suficiente prueba.  

Guillermo se describió a sí mismo en esos Divertimentos como bucanero de altamar, sin patria ni destino; como tahúr; como un necesitado del diálogo y la contradicción. En esa obrita (delicatesen para privatistas) Guillermo apostó a reventar algún paradigma, rescatando piezas que con certeza soltaba en las aulas y no encontraban plena cabida en sus otros libros sobre personas, derechos reales, matrimonio, contratos.

Pongo tres ejemplos de sus divertimentos:

  • Jugado a no ser políticamente correcto, se batió en tres páginas con argumentos verticales contra la consideración de los animales, los ríos y las especies vegetales como sujetos de derecho, recordando que también Calígula nombró a Incitatus cónsul de Bitinia.
  • Se debatió a si mismo, al derecho de Montoya, en cuanto a la distinción entre título y modo, atacándola.
  • Propuso —quizás muy tímidamente— una reforma, con articulado y todo, al régimen de bienes baldíos y del derecho de superficie, reivindicando la función más progresista y social del derecho de propiedad. Y añadió una reflexión sobre la venta del aire (problema de siempre de los humildes en los consultorios jurídicos).

En esos Divertimentos Guillermo cuestionaba el tratamiento de la muerte como un plazo (hecho futuro y cierto), y buscaba demostrar que en realidad se la trataba como  condición (hecho futuro e incierto). Guillermo, en contra del legislador, sabía que la vida era finita y que su hora llegaría pronto. Por eso publicó con avidez de discusión sus pensamientos, y nos los dejó en préstamo, para que los tratemos sus colegas y discípulos como él hacía: con amor por la persona y sin piedad con las ideas.

No he tenido ocasión de leer el Liber Gratitudinis que escribió Guillermo, y que cita en los Divertimentos. Con sus recuerdos y su obra, los aquí presentes podríamos hacer otro libro de gratitud hacia él, hacia su generosa personalidad.

Dije antes que Guillermo no permitía que nadie copiara. A unos meses de su muerte, creo entender que puso sus empeños intelectuales en ser auténtico, original, como Uribe Holguín. Guillermo descansará en paz, porque sabía perfectamente que él mismo no puede ser copiado.

El candidato al que le tuve miedo

En un instante mi vida se cruzó con la de Alejandro Gaviria, como se cruzó, en su juventud, con la del actual presidente Iván Duque: por casualidad. Yo era un niño de unos 5 años cuando mi familia se mudó, después de un breve paso por Cali, a un conjunto residencial en Medellín en 1983 o 1984. Ese conjunto residencial marcó mi existencia, pues allí viví cerca de 25 años más, hasta el día en que me fui a España a perseguir el doctorado.

En ese conjunto residencial vivía quien en ese momento era el alcalde de la ciudad. Sus hijos eran ya adolescentes, casi adultos, y los niños les teníamos miedo, porque creíamos que nos harían maldades. Esos hijos del alcalde eran amigos y contemporáneos de mis primos, que vivían allí mismo y luego se mudaron a otro país. Quizás por eso nunca nos hicieron nada los hijos del alcalde, o quizás era un miedo infundado, del que muchas veces hablé con Gerardo, uno de los porteros del conjunto. Gerardo recordaba con cariño a los hijos del alcalde y siempre los defendió: eran buenos como el pan, decía. De los hijos del alcalde, Pascual y Alejandro llegaron a ser muy conocidos, pero para mi siguen siendo «los hijos del alcalde» y los recuerdo por sus nombres propios aunque ninguno de ellos me recuerde en absoluto.

Hoy Alejandro quiere ser formalmente candidato a la Presidencia. Muchos años después de tenerle miedo, la candidatura de Alejandro me parece que le da un giro a la política en el país. Aunque Alejandro pertenece a un sector de privilegios (hijo de alcalde y ministro, educación de élite, ministro él mismo), a mi me parece un candidato diferente y saludable en la política de este país (característica que, creo, tienen algunos más de los aspirantes que comienzan a destapar sus cartas). No sé si tiene posibilidades electorales y no sé si votaría por él. Pero muchos años después del momento en que Alejandro me dio miedo, hoy me da esperanza.

¿La academia (cómo) paga?

La historia de las ideas jurídicas tiene un episodio de tremenda importancia con Cristopher Colombus Langdell, el decano de Harvard que impulsó la profesionalización de los profesores de derecho en Estados Unidos. La literatura sobre el tema es abundante, pero creo que se puede afirmar con un nivel suficiente de solidez en la generalización, que el panorama colombiano de las facultades de derecho se parece más al de Estados Unidos antes de Langdell, que al del prestigio de los profesores universitarios de las universidades de élite del mundo anglosajón actual, con amplias oficinas y dignos salarios. Es decir: la enseñanza del derecho entre nosotros sigue estando, cuantitativamente, más a cargo de profesores que habitualmente tienen otros trabajos (litigantes, jueces, funcionarios…) que de profesores full time. Pero entre unos y otros yo veo algo en común, que tiene que ver con lo siguiente: cada vez tengo más razones para considerar un misterio insondable cómo (es decir: con base en qué criterios) se fijan los honorarios o salarios, según el caso, de los profesores universitarios en Colombia.

Fui profesor a tiempo completo (en «carrera académica», expresión que algún día discutiremos) en una universidad y nunca me preocupé de lo que decía el reglamento sobre los ascensos en los escalafones y en la remuneración: publicar papers en cierto tipo de revistas, acreditar el conocimiento de ciertos idiomas, presentar ponencias en cierto tipo de eventos, asesorar tesis de maestría o doctorado… Por eso me sorprendía un poco ver las diferencias salariales (a veces significativas) que había entre profesores con un nivel de formación semejante, solo por que uno de ellos hacía la tarea de hacer «validar» su producción por la dependencia que fija el salario, y el otro no. Me sorprendía, digo, pero mea culpa: era mi carga entrar en la carrera por ascender, o mejor, empezar a correr en esa carrera a la que ya había entrado y en la que veía que otros tenían interés serio: hacen ingentes esfuerzos para que sus artículos se publiquen en las revistas mejor valoradas por el reglamento, por ejemplo. Casi todo el mundo lo ve como un gana-gana: el profesor mejora su salario y la universidad mejora sus indicadores, lo que le permite aparecer mejor situada en algún ránquin. Yo era de los que escribía y publicaba, en mi modesta capacidad de producción, buscando dónde podrían ser de algún interes mis cada vez más escasas ideas. Sobra decir que en algunos de los temas que me interesan, en Colombia hay pocas revistas en las categorías «sugeridas» por los ránquines y que los juristas habitualmente defendemos la insularidad (un cierto «excepcionalismo») de nuestra disciplina frente al estándar de las ciencias en general, y de las ciencias «duras» en especial. Lo cierto es que nunca hice nada para que esa limitada producción se valorara en términos de ascenso de categoría, y quizás eso explica que yo tenga una tendencia a ver la remuneración de los profesores, no como una retribución al trabajo (nunca he sabido mucho de derecho laboral, pero recuerdo a un profesor que me enseñó que «a trabajo igual, salario igual») sino como una retribución a la cooperación del profesor con la consecución de ciertos fines universitarios: quid pro quo.

Y si el universo de los profesores de tiempo completo me parece inextricable, el de los que aquí llamamos «profesores de cátedra» (profesores a tiempo parcial, asociados, etc.) ya corresponde a otra dimensión. Más allá de la cuestión formal (homologar títulos extranjeros, en mi caso, fue realmente fácil), mi actividad académica me ha llevado en la última década a dar clases en diferentes tipos de curso (desde pregrado hasta algún seminario doctoral) en centros y universidades muy diversas. La remuneración en todas ellas es absolutamente desigual: hay una diferencia de hasta diez (sí: diez) veces en el valor de la hora que se paga a un profesor «externo», y en medio hay un universo de cuestiones para todos los gustos. Pongo unos ejemplos: (i) todas pagan el valor de la hora de clase (y podemos emplear el argumento retórico: es tal como en los parqueaderos… y en los moteles); es decir, no se suele pagar el tiempo invertido en la preparación de las clases, pues parece que se da por descontado que el profesor ya viene «de fábrica» con el conocimiento y la preparación; ni el tiempo de evaluación de los trabajos y exámenes. (ii) Hay casos en los que preguntar cuál es o puede ser la remuneración, se recibe como una pregunta de mal gusto: en un caso, incluso, al preguntar por el nivel siguiente del escalafón, me dijeron que sólo cuando llegara a él sabría cuál era el valor que pagaban por hora: era un secreto. (iii) Hay otros casos en los que la universidad se disculpa antes de que el profesor acepte la invitación, quizás porque asume de entrada que lo que puede pagar es muy poco, aunque en estricto sentido, no lo sea: en un caso en que eso me ocurrió, pagaban el cuádruple de lo que pagan en la que está más abajo en mis registros (un caso extremo, incluso, en el que uno agradece que hoy se trate de clases virtuales, porque de lo contrario no se compensarían ni siquiera los gastos de desplazamiento —y no es una exageración—). Y finalmente (iv) hay casos en los que, además, el municipio en el que queda la universidad ha decidido que impartir clase es una actividad gravada con el impuesto de industria y comercio, así que cierto tiempo después de la clase, viene el cobro del impuesto correspondiente, que se suma a las consabidas retenciones.

Hace unos meses, un par de rectores de importantísimas universidades conversaban públicamente sobre el valor de la cultura. En esa conversación, cuando se referían al entorno universitario actual, se dolían (ambos) de que las métricas de los ránquines obligan a los profesores a escribir papers que nadie lee. Uno de ellos, incluso, calificaba la cuestión como «distorsión», como «algo que no funciona». Se trata, repito, de rectores universitarios: actores fundamentales del sistema, personas con un cierto poder y capacidad de identificar el problema, pues a la vista estaba que lo conocían y lo valoraban como problema, como distorsión; y sin embargo no habían producido cambios, quizás porque ni siquiera el poder de ser rectores de universidades bien ranqueadas alcanza para modificar esa situación y se ven obligados a pagar a sus profesores en función de los papers que nadie lee y no en función de lo que ellos mismos defienden de manera pública. Otra persona con posición directiva en una institución educativa me decía, por la misma época de esa conversación de rectores, algo así: si yo quiero tener a los mejores profesores, les tengo que pagar por encima del que más alto pague. Realmente lo hacía (paga extraordinariamente bien, teniendo en cuenta los promedios en Colombia): a esta persona no le preocupaba saber quién pagaba más o cuánto pagaba quien más pagaba, sólo quería ser quien mejor remuneraba, para que los mejores profesores quisieran hacer parte de sus cursos. Además, todos sus grupos de investigación están en las categorías más altas de la burocracia educativa. Cosas de la meritocracia, supongo (muy a pesar de los excelentes argumentos de Sandel y de Carlos Peña en su contra). Con dolor, parece que hemos aceptado colectivamente que en la academia se está por amor al arte, aunque algún municipio considere que tan noble filia es actividad industrial.

¿Un nuevo libro de Taruffo?

Encontré por ahí un libro de supuesta autoría de Michele Taruffo. Quizás saben que escribí mi tesis doctoral sobre la obra de Taruffo, y quizás saben también que él reconocía públicamente que era yo quien conocía mejor que él mismo el inventario de sus publicaciones. Así que ver un libro suyo que yo no conocía (titulado «Derecho Análisis Filosófico de la Prueba») me resultaba una sorpresa. Entre otras cosas, porque Taruffo era un autor sumamente cuidadoso del lenguaje y puedo asegurar que jamás hubiese permitido un título tan mal puesto.

Desconozco el contenido del libro en cuestión, pero comenté el asunto con un par de autorizadas voces sobre la obra de Taruffo. Ninguno de ellos parece tener conocimiento del libro, lo que razonablemente hace pensar en una repudiable práctica editorial (bastante arraigada en algunos países, como el nuestro) que consiste en aglutinar textos ya publicados por otros (en este caso: traducciones) sin autorización del autor, sin autorización del traductor y sin autorización del editor original, con un título, por supuesto, que nadie ha autorizado.

Lo más desagradable del asunto es que el libro en cuestión tiene «coordinadores editoriales». Y, me temo, no es la primera vez que incurren en este tipo de prácticas. Hablaré por mi: alguna vez encontré un libro de Jules Coleman, un conocido filósofo del derecho estadounidense. En 2010, yo había traducido con Felisa Baena Aramburo un artículo de Coleman, con su expresa autorización y se había publicado en la revista del IARCE; el mismo artículo, con algunas correcciones en la traducción, se publicó luego en un libro del Externado sobre filosofía de la responsabilidad civil. Pues en el libro de Coleman que encontré, se incluía la misma traducción; no se si con autorización de Coleman, pero ciertamente sin mi autorización ni la de Felisa Baena. Se incluían hasta las notas de traducción, sin indicar quién había traducido.

Concluyo: ese libro de Coleman pertenece a una colección dirigida por los mismos «coordinadores editoriales» del «nuevo» libro de Taruffo. Y está incluido en el CvLac (hoja de vida académica ante el Ministerio de Ciencias) de uno de ellos, como si fuera de su autoría (sin indicar que es un libro que compila artículos de Jules Coleman, y sin indicar que ni siquiera fueron traducidos por quien se lo atribuye como libro de investigación).

No nos sorprendamos de tener un ministro de ciencia, tecnología e innovación acusado de plagio.

Il maestro di Girona (la historia de una biblioteca)

Jordi Ferrer es una de esas personas extraordinarias que uno tiene la fortuna de cruzarse en el camino. Por azar del destino, en el año 2008, cuando estaba terminando los cursos obligatorios del doctorado, se enteró de que yo había comenzado a escribir una tesis sobre Michele Taruffo. El propio Taruffo y Ferrer habían comenzado un par de años antes una estrecha colaboración que llevó a “il maestro di Vigevano” (como le llamó su primer discípulo, Angelo Dondi, en un homenaje reciente, evocando la película de Elio Petri) a pasar largas temporadas en Girona tras su jubilación de la Universidad de Pavía. Cuando Ferrer supo de mi tesis llamó a Daniel González Lagier para preguntarle si yo estaría interesado en traducir algo de Taruffo, para un libro de compilación de artículos que prepararía la editorial Marcial Pons. Como ya he contado en alguna ocasión, cuando Daniel me hizo el ofrecimiento me negué. Yo estaba comenzando a aprender italiano, estaba comenzando a leer a Taruffo en serio y mi experiencia en traducción era la misma que en construcción de catedrales medievales: ninguna. Creo que a Daniel no le hizo mucha gracia, pero al cabo de una o dos horas sonó el teléfono del lugar que yo ocupaba en Alicante. Era Manuel Atienza, que me pedía bajar a su despacho. Me dijo algo así: “A estas propuestas uno no dice que no. Tú dí que sí, y luego resuelves si apuras el paso con tus clases de italiano o buscas otro tipo de ayuda. Además, el italiano es un idioma que con buen esfuerzo se aprende mucho, a diferencia del alemán, que con el mismo esfuerzo se avanza poco”. No valieron mis peros, aunque ahí comprendí en parte del carácter de futbolista 10 (incansable repartidor de juego) que tiene Atienza.

A estas alturas ya no recuerdo si llamé o escribí a Jordi Ferrer y acepté la traducción: no sabía yo en qué me estaba metiendo, pues tras el casi seguro “¡Estupendo!” me dijo que me enviaría el material a traducir. Recuerdo haber recibido, semanas después, una caja y un correo electrónico. Solo en ese instante supe que “participar” en la traducción era traducir todo el material. El resultado fue “Páginas sobre justicia civil”, que aun con las erratas que he encontrado, es una traducción de la que me siento muy orgulloso, pese al esfuerzo que me demandó. Allí quedó sellada una especie de deuda de gratitud que contraje con Jordi Ferrer y con el mismo Michele Taruffo. Luego pasé temporadas en Girona y en Pavía, atendiendo eventos concretos o pasando estancias de investigación. En una de ellas, en el otoño de 2011, caminaba por uno de los pasillos de la antigua universidad lombarda (rodeado de su impresionante prosapia científica) con Taruffo. Hablábamos de Denti, su maestro. Y le conté que justo ese día, me habían abierto el estante donde estaba el “fondo Denti”, la biblioteca que había pertenecido al ilustre procesalista. Allí, parados frente al modesto estante, me contó con desazón que era una pena lo que había pasado con la biblioteca de su maestro, pues cuando fueron a buscarla para trasladarla a la universidad, ya había sido “mutilada” y se habían perdido cientos, quizás miles de libros. Se dolía, además, porque el hecho de que lo que quedaba fuera tan poco y estuviera en ese lugar (como arrinconado en la entrada de la biblioteca) era una muestra de que tampoco a la Universidad le importaba mucho: pensar que él sabía mucho más de construcción de inferencias de lo que yo llegaré a saber jamás, fue lo que se me ocurrió después, al pasar por la placa que se puso en honor a Denti unos metros más adelante, cuando bajábamos a tomar un café. Sin embargo, no pude evitar la imprudencia y le pregunté si él pensaba legarle su propia biblioteca a la universidad a la que había dedicado tantos años y a la que se negó a abandonar incluso ante la oferta de una Ivy League estadounidense. Con tristeza me dijo que tenía claro que no la dejaría a la universidad, aunque en ese momento no tenía claro qué haría con ella. Su fondo privado reposaba entonces en un estudio que tenía en un apartamento de Milán, que había comprado a un dentista, pues hacía años ya que los libros no le cabían en casa. El estudio, dotado con una habitación en la que se alojaban sus huéspedes más entrañables, era una magnífica biblioteca especializada. Basta con ojear el aparato bibliográfico de cualquier trabajo de Taruffo para hacerse una idea de la riqueza del fondo que había allí.

Unos años más tarde, el propio Taruffo me escribió —como había hecho muchas veces antes, cuando alguien necesitaba un listado de sus publicaciones— pidiéndome que compartiera con la Universidad de Girona mi recopilación, pues él la reconocía como la única completa: él mismo no tenía registro de todo lo que había publicado en su vida. Se trataba de un homenaje que le haría esa querida universidad, promovido por Jordi Ferrer. La Universidad organizaría una base de datos con enlaces a todas las obras de Michele y se presentó en un congreso homenaje en 2015. Entregué gustosísimo esa información, que hoy está disponible en línea para todo el público.

A comienzos de marzo de 2021, a los tres meses exactos de la muerte de Taruffo, me pidió Jordi Ferrer que le ayudara a completar unos datos biográficos del común maestro. Tenía esa semana un par de reuniones con algunas autoridades políticas y universitarias para conseguir recursos, pues Cristina de Maglie, la esposa de Michele, le había anunciado la donación del “fondo Taruffo” para la Universidad de Girona. Se necesitaba dinero para su adecuado embalaje y traslado desde Milán a Girona, y para conseguirlo había que dar cuenta de quién había sido Taruffo, para dimensionar la importancia de contar con su legado en Girona. Le conté que la entrada en Wikipedia en español sobre Taruffo la había escrito yo (incluso, la foto la tomé yo mismo en una invitación que hice a Taruffo) así que esa información era fiable. Jordi consiguió los recursos y el “fondo Taruffo” ha llegado hoy, 19 de mayo, a la UdG. Una parte especial del fondo bibliográfico estará compuesto por las publicaciones de Taruffo, que los colegas de Girona han estado consiguiendo en todas partes (algunas bien difíciles de encontrar).

Desde hoy, Taruffo no es solo “il maestro di Vigevano” (e di Pavia, añadiré) También es —gracias a Jordi Ferrer, que además me permitió tener una parte mínima de esta historia en mi anecdotario— “il maestro di Girona”, la ciudad en la que quiso comprar una casa.

Y el gato cogió al ratón (A Guillermo Montoya Pérez, in memoriam)

El pasado 6 de abril, cuando supe que se había contagiado de Covid19, le escribí a Guillermo Montoya Pérez, como hacía con alguna periodicidad, para saludarlo y recordarle que en mi familia lo queremos mucho. Con humor me respondió:

“[12:57, 6/4/2021] Guillermo Montoya Pérez: Jugando, mamá, jugando: a que te cojo ratón, a que no gato ladrón

[12:59, 6/4/2021] Guillermo Montoya Pérez: Siguen los embates: de nuevo en quimio y ahora en virus pero sigo luchando

[12:59, 6/4/2021] Guillermo Montoya Pérez: Un abrazo y gracias por estar presentes.”

Un día después me compartió la noticia de la muerte del teólogo Hans Küng, de quien quizás en alguna oportunidad comentamos algún texto. No volví a saber de él hasta que me contaron que le habían ingresado en el hospital. Tras rechazar la entubación, hoy ha muerto Guillermo, que fue mi vecino de despacho universitario algunos años. Fue un vecino noble y generoso: aquejado por los dolores de la enfermedad en varios momentos de su vida, lo mantenía en pie la necesidad del aula de clases y si no iba por la universidad desde tempranas horas, mala señal sería. Su foto de perfil en su teléfono móvil era, justamente, una en la que aparece con un marcador en la mano escribiendo en un tablero: ser maestro es lo que más fielmente le retrataba.

Estuvimos en desacuerdo (muchas veces, absoluto) en numerosas ocasiones, quizás porque él entendía que el desacuerdo, la discusión y el debate constituyen la esencia y fundamento del espíritu universitario. Pero hasta el más radical de los disensos podía hacerlo compatible con su extraordinaria nobleza. Y diré más: Guillermo pertenece a la estirpe de los (muy) pocos académicos colombianos que era radicalmente incapaz de trasladar los desacuerdos al plano personal, en el que el afecto y el aprecio se mantenían incólumes, blindados, porque de esa forma él podía enseñarnos a los demás la gran diferencia que había entre el trato que había que dar a las ideas —debatirlas sin piedad—  y a las personas —rodearlas con profundo amor—. Siempre fue un abierto y leal contradictor con quien daba gusto debatir.

Guillermo Montoya Pérez fue uno de esos abogados que persiguió con desgano los títulos, tal vez sólo para cumplir con las exigencias de la academia burocratizada en la que nos hemos visto inmersos, aunque no los necesitaba desde ningún punto de vista. Tras un par de maestrías y algún posgrado más, se inscribió en un doctorado en Europa, en el que con certeza era más profesor que alumno, y en el que toda su obra acumulada podía ser superior a la tesis doctoral que pretendió escribir y que quizás terminó sin contarle a nadie.

Su imagen la tengo invariablemente asociada a una anécdota de la época en la que yo no le conocía personalmente. Había oído hablar de él y alguna conferencia le había escuchado cuando yo iniciaba mis estudios de derecho: era una conferencia en la que aludía a la teoría de las normas de Ross para explicar un asunto del derecho de familia, hace más de veinte años, cuando ese tipo de cuestiones eran exquisiteces parcialmente ajenas al derecho civil patrio. Poco más sabía de su personalidad, salvo que —a partir de esa conferencia— supe que quienes lo conocían le consideraban un académico de vasta cultura jurídica. Como él combinaba su permanencia en la universidad con el reservado pero eficaz ejercicio del litigio, en alguna ocasión fue contraparte de la firma para la que yo llegué a trabajar al terminar mi carrera, en un pleito cuantioso en pretensiones y honorarios hace varios lustros. Nuestro cliente, un extranjero desconfiado de las justicias del trópico, llamó un día hecho un manojo de nervios porque le había entrado temor de que la jueza del caso fuera sobornada: quería saber cómo contrarrestar un posible soborno. Mi jefe, en defensa del honor de Montoya, me dijo: “Dígale al cliente que si se atreve a insinuar siquiera un acto deshonesto de Guillermo, hoy mismo estoy dispuesto a renunciar al poder y a los honorarios”. Aunque años después el litigio terminó por una transacción entre las partes, creo que nunca le conté esa anécdota a Guillermo. Y cuando gocé de su generosa amistad unos lustros después, llegué a la certeza de que mi jefe de entonces no se equivocaba.

Él me llevaba una ventaja en sabiduría y experiencia que nunca llegaré a equilibrar. Como compañeros de claustro, servía de jurado de los trabajos de grado que yo asesoraba, segundo calificador de los exámenes que yo hacía… y viceversa. Construimos una relación cercana y amable, pese a las muchas diferencias de criterio, que se trasladó en ocasiones a los restaurantes que le gustaba frecuentar, para hablar de lo divino y lo humano y dejar al derecho en otro lado. Lector voraz, evocaba con frecuencia a la maestra que le enseñó a leer, porque le había cambiado la vida. Amante del tango, cantaba voz grave desde tempranísimas horas de la mañana en los pasillos universitarios. Publicó varios libros de derecho civil que escribía con la idea de que sirvieran a sus estudiantes (el más reciente, hace menos de un año), pero que consultábamos con más interés sus colegas: sobre derecho de las personas (Leyer), derechos reales (Leyer), matrimonio (Dikaia), unión marital (Universidad Eafit) y contratos (Universidad de Medellín), o sus breves “divertimentos” (Universidad Eafit). Son libros que quizás se quedan cortos frente a su capacidad de comprensión y enseñanza del derecho, pero ni convertidos en abultados tratados darían una dimensión siquiera aproximada de su entrañable bondad personal.

Era participante activo de congresos y seminarios, a los que viajaba con avidez de adolescente, enamorado del vino y las actividades extracurriculares en las que se comprometía con igual vigor que en los debates académicos.

Maestro y amigo, paternalmente me llamó varias veces durante mis años en el exterior, solo para asegurarse de que todo en mi vida marchara bien. Quizás por esa bonhomía que prodigaba fue merecedor de un voluminoso libro homenaje que colegas latinoamericanos le prodigaron hace algunos años (2014), cuando aún le quedaban varios de fuerza y energía para seguir entregado con vocación inigualable a la formación de jóvenes juristas. Profesor distinguido de la Universidad de La Habana, también le homenajearon el Concejo de Medellín (orden Juan del Corral), el Colegio de Abogados de Medellín (Jurista distinguido) o la Universidad Eafit. Como docente por inagotable vocación, Guillermo solía recordar con algo de emoción y buen humor sus estrategias pedagógicas, como la de enseñar a sus estudiantes la nomenclatura vial de la ciudad como pretexto para hablar de derechos reales.

Aunque su fama era predominantemente local (además de Eafit, fue profesor en la Universidad de Medellín, la Universidad de Antioquia y la Universidad Pontificia Bolivariana), durante años fue árbitro de diferentes centros y conjuez de la Corte Suprema de Justicia, dignidad que le honraba como pocas cosas en el mundo.

Con todos los quilates que tenía, con generoso afecto pasaba por mi despacho (como pasaba por el de los demás colegas) para pedirme sugerencias de lectura sobre temas que él conocía ciertamente mejor que yo, o referencias jurisprudenciales sobre cuestiones que él dominaba al dedillo, o simplemente para preguntar por mi familia, a la que siempre dedicó especial afecto: “Profe, ¿cómo va el matriarcado?”, era el saludo recurrente de un hombre, además, increíblemente detallista. No sé a cuántas de nuestras casas llegaron sus flores y sus detalles con motivo de cumpleaños, nacimientos o celebraciones de títulos académicos. Y así como él a veces pasaba por nuestro despacho o llamaba simplemente para saludar, por el suyo, el confesionario, pasábamos todos: desde los humildes a quienes acompañaba desinteresadamente en trámites jurídicos de toda naturaleza, hasta sus colegas (incluidos los grandes juristas de nuestra tierra) que le llamaban a pedir opinión y consejo.  

En las horas previas a la muerte de Guillermo, nos contó el profesor Alberto Ceballos, su amigo cercano, que un día antes murió su tía María. Y que Guillermo, consciente de su frágil salud —aunque parecía de roble—, siempre había querido que ella muriera primero, para no dejarla sola. Al maestro Montoya Pérez, finalmente, lo cogió el gato. El sobrino de María descansa en paz.