Ha muerto hoy en Milán, a sus 77 años, el gran jurista italiano Michele Taruffo. Y yo me he quedado con una sensación que no logro describir. En la introducción de la tesis doctoral que escribí sobre su obra, con algo de sentimentalismo escribí que al padre que perdí por la violencia en mi niñez, la vida me lo reemplazó con varios padres intelectuales, entre los cuales incluía a Taruffo en un lugar predominante. Cuando ya llevaba un par de años escribiendo la tesis que tanto tardé en terminar, él conoció a mi esposa y, consciente de que en mi vigilia (y quizás también en mi sueño) estaba dedicado a leerle y comprenderle, él se presentó diciendo: “Mucho gusto, yo soy la otra”. No eran para menos las horas que por entonces yo dedicaba a ordenar y clasificar su abundantísima y dispersa obra. Mis pensamientos más persistentes tuvieron que ver con los de este hombre, nacido en Vigevano, un pequeño pueblo italiano ubicado al occidente de la provincia de Pavía, casi en los límites entre Lombardía y Piamonte. Su muerte, pues, me ha producido una segunda orfandad. O una viudez.

Michele Taruffo despuntó para el mundo de habla hispana en el año 2002, cuando se publicó la extraordinaria y ejemplar traducción que hizo Jordi Ferrer de la que es sin duda su obra cumbre, La prueba de los hechos, que constituye quizás el trabajo de fundamentación teórica de la prueba judicial y del razonamiento probatorio más importante y más completo que se haya escrito en el mundo latino. Unos tres lustros antes había sido Perfecto Andrés Ibáñez quien, en un encuentro académico de jueces en San Lorenzo del Escorial, había identificado en Taruffo a un procesalista cuyo gran atractivo intelectual era su permanente incomodidad con el derecho procesal: Taruffo siempre necesitó ir más allá del derecho para entender el proceso en general, y la prueba en especial. Así me lo confirmó durante los meses que pasé en Pavía, donde me emocioné viéndole entrar a clases y tomando exámenes orales a sus alumnos.

Antes de la traducción de 2002 se habían publicado en español al menos un par de artículos suyos, mientras que hoy, dos décadas después, sus libros salían en simultánea en italiano y español, como en el caso de Hacia la decisión justa, publicado este mismo 2020 en las editoriales Giappichelli, de Turín, y Zela, de Lima.

La obra de Taruffo comenzó en el derecho procesal, casi por accidente, pero se fue mucho más allá, pues su autor encontró lo que hasta entonces no era moneda corriente. Una obviedad, se dirá, pero es una obviedad que es más ostensible en las páginas de Taruffo que en las de cualquier otro: el aparato conceptual (y, por tanto, bibliográfico) con el que nutrió sus ideas es difícilmente comparable con otros, aunque es ciertamente heredero de la forma de entender el derecho de su maestro, Vittorio Denti. Su profunda preocupación por el saber no jurídico y sus vasos comunicantes con el derecho le suministraron interlocución permanente con otros expertos, especialmente con filósofos. Siguiendo las huellas Denti y de Mauro Cappelletti se hizo riguroso comparatista, conocedor como pocos de detalles inimaginables de ordenamientos latinoamericanos, europeos, asiáticos y —de manera principal— anglosajones, así que cualquier conversación con él era una clase de derecho comparado.

Un librito que por estas calendas cumplió 40 años, sobre la historia de la organización procesal italiana, traducido al portugués por Daniel Mitidiero, le convirtió transitoriamente en historiador (“historiador de domingos” lo llamó Bruno Cavallone, en unas “observaciones amigablemente polémicas”, calificadas por Taruffo como “más polémicas que amigables”). La perspectiva histórica nunca le abandonó, como es evidente en Simplemente la verdad y en tantos artículos dispersos.

Su preocupación por el razonamiento probatorio y la interpretación del derecho le permitieron tener un lugar permanente entre los filósofos del derecho, entre quienes siempre se sintió cómodo, gracias sus vínculos con la escuela genovesa de Giovanni Tarello o con Jerzy Wróblewski y, en tiempos más recientes, de manera muy fructífera y —diría— enérgica con Jordi Ferrer, en Girona, ciudad a la que con su impulso convirtieron en un lugar de enorme vitalidad en estos temas. Por allí pasé algunos meses en el año 2012 compartiendo más de un café (molto ristretto, le gustaba) y sus inevitables “postres líquidos”.  Quizás en menor medida, su vínculo estuvo también con la escuela alicantina liderada por Manuel Atienza, donde le conocí. Enamorado del arroz con kokotxas del Nou Manolín (le vi pedir el mismo plato unas tres o cuatro veces), acudía todos los años al máster en Argumentación jurídica y fue allí donde se prestó para el ejercicio de hacer mi tesis doctoral sobre su obra. En la primera conversación, con Daniel González Lagier, me dijo que las tesis se hacían sobre filósofos muertos, y que él no tenía prisa en morir. Yo me tomé muchos años en terminar la tesis y él se tomó casi ese mismo tiempo en decidirse a dejar este mundo.

Fueron muy célebres en el terreno iusfilosófico sus intervenciones en el llamado círculo de Bielefeld, publicadas en los volúmenes Interpreting Precedents e Interpreting Statutes, de los años noventa, verdaderos referentes en la cultura jurídica occidental. E incluso, he sostenido que su impresionante título sobre la motivación de la sentencia, de 1975, puede considerarse uno de los trabajos precursores de la teoría de la argumentación jurídica, que solo explotaría unos tres años después con las obras de Alexy y Aarnio. Y estuvo en los debates de la epistemología contemporánea, junto a Susan Haack o Larry Laudan, quienes le echarán de menos tanto como nosotros.

Sus corsi e ricorsi sobre la prueba —que suponen una concepción fuerte de la jurisdicción y la decisión judicial— constituyen quizás la parte más representativa de la obra de Taruffo. La idea de la verdad como condición de corrección de la decisión judicial, en la ambigüedad con la que siempre quiso jugar (lo giusto como lo correcto y lo justo en sentido material) le llevó a asumir posiciones teóricas alrededor de las cuales giraron muchos de sus debates a ambos lados del Atlántico. Lector imbatible y  dueño de una extraordinaria biblioteca, increíblemente actualizada en todos los frentes en los que quiso acumular conocimiento, hizo siempre una férrea defensa del papel del juez activo en la búsqueda de la verdad: su defensa de los múltiples poderes probatorios y su crítica acérrima a los métodos alternativos que no fueran susceptibles de control racional (aquellos donde el derecho queda tras la puerta del escenario en el que se resuelven los conflictos), hacen de la obra de Taruffo una gran aliada de la defensa de la jurisdicción.  

Viajero de fácil equipaje y alérgico a los celulares, Taruffo recorrió varias veces el mundo, aceptando invitaciones de todos los lugares imaginables, en donde con su voz grave y pausada ofreció cientos de conferencias y seminarios. En esta Colombia a la que vino con tanta frecuencia y que tanto le quiso, recibió por la Universidad de Medellín uno de sus múltiples doctorados honoris causa. Aquí también encontró una parte importante de su traducción a la lengua de Cervantes, pues cuando yo traduje los artículos que se reunieron en Páginas sobre justicia civil o Verifobia, no hice más que sumarme a la labor que había emprendido antes la  gran profesora Beatriz Quintero, también desaparecida ya, con Sui confini e Il processo civil adversary nell’esperienza americana. En esta tierra, además, son célebres dos anécdotas suyas de las que son testigos Diana Ramírez y Carlos Colmenares: cuando se perdió con varios expedicionarios en la Sierra Nevada de Santa Marta, con rescate helicoportado, y su larga conversación con un palabrero wayúu sobre la resolución de conflictos en esa querida comunidad. 

Hoy no soy capaz de contar las horas que pasé “con” Michele Taruffo y con su extensa obra, que le valió un lugar en la prestigiosa Accademia Nazionale dei Lincei. Con su espíritu vital e increiblemente generoso, Taruffo nos contagió y nos inspiró a muchos a ver que las fronteras que a veces vemos entre las disciplinas, una vez cruzadas, en realidad no existen: así lo recordó con uno de sus títulos, invocando una frase del diario apócrifo de Genghis Kan. Hoy tenemos que concluir, al revisar la obra impresionante que deja, siempre abierta al diálogo y la discusión, que la frontera de la muerte, para quienes nos dejan tanto conocimiento en sus libros, quizás tampoco existe. 

Un abrazo solidario y triste para su esposa Cristina; para Anna, su hija. Y para todos los amigos en las universidades de Pavía y de Girona. Le echaremos de menos. Gracias, Michele.

Medellín, diciembre 10 de 2020

Un comentario en “Para Michele Taruffo

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