Conocí por casualidad a Javier Cercas —él ni lo recordará— en enero de 2020. Yo caminaba por la universidad en la que trabajaba entonces y me topé en sus bonitos jardines con varios “monstruos” de la literatura en español. Estaban con él Héctor Abad Faciolince  y Ricardo Silva Romero, creo recordar, grabando algunas entrevistas relacionadas con el premio Biblioteca de Narrativa Colombiana, ideado por Abad y de cuyo jurado formaban parte, en esa edición, Cercas y Silva.  Saludé a Abad —con quien uno o dos años antes había tenido una estimulante conversación sobre literatura y derecho y éste me presentó a Cercas y a Silva—: uno de esos pequeños placeres que le da la vida a uno, porque conversamos durante unos 15 minutos. De eso va esta entrada.

Cuando Abad era director de la Biblioteca Luis Echavarría Villegas (que me gustaba mucho en su dimensión estética cuando adentro de ella se guardaban miles de libros, y no en una bodega con excelentes servicios logísticos), me acerqué a su despacho para preguntarle por la posibilidad de hacer unos diálogos (“conversatorios” les llaman algunos) entre derecho y literatura. Platicamos, en verdad, más de literatura que de derecho: a esa conversación le debo la lectura de El regreso, de Hisham Matar, aproximarme por primera vez a Simenon y algunos libros más. Le conté a Abad que cuando leí sus Traiciones de la memoria, no pude evitar tender puentes con la teoría de la prueba, una de las áreas del conocimiento jurídico en las que me gusta navegar. Vi en ese relato muchos de los problemas del razonamiento probatorio y he recomendado su lectura no pocas veces (incluso como material de estudio y evaluación en clase).

Cuando me crucé con Abad en ese enero de 2020, me presentó a Cercas y a Silva (cuyos vínculos familiares con el derecho son bastante conocidos). Acababa de publicarse Terra Alta, de Cercas y yo lo había devorado, como he devorado buena parte de su obra desde Soldados de Salamina, así que fue inevitable, también, que Abad recordara nuestra conversación sobre derecho, literatura y pruebas, pues Terra Alta era la primera incursión de Cercas en el género policiaco. Le conté, por ejemplo, que después de haber leído Anatomía de un instante, yo había comprado El impostor justamente en Gerona, donde él residía, y algunas palabras cruzamos sobre el trabajo de Jordi Ferrer y su equipo en esa ciudad, aunque no sé siquiera si le sonó mi imprudente sugerencia de aproximarse a lo que han estudiado sobre la prueba nuestros amigos en esa ciudad. Supe por boca de Cercas que había conversado con muchos policías para escribir su novela, y me llamó poderosamente la atención que los “agentes del orden” —siempre en el relato de Cercas, salvo la expresión entre comillas— no se creen las novelas policiacas porque les parecen irreales, así que se tomó el trabajo de poner a prueba su relato con esas conversaciones. No era la primera vez que oía lo de los policías, pero me gustó que un autor al que admiro me permitiera asomarme al behind the scenes de su trabajo.

En la conversación surgió lo de los escritores con formación jurídica y lo de los abogados escritores (que, intuyo, no son la misma cosa) y me quedé con la idea de proponer a Silva la misma idea que antes había formulado a Abad. Pensaba en este tipo de cuestiones: ¿Cuáles son las licencias jurídicas —incluso: de razonamiento probatorio— que se puede permitir la literatura, por ejemplo, policiaca? ¿Es posible una lectura jurídica o iusteórica de la literatura, que no la deforme? ¿Es fructífero un diálogo entre ellas, o serían dos monólogos? Mi conclusión —que no estoy seguro de que compartan los que fueron mis ilustres contertulios durante esos minutos— es que aunque no fuera útil, sí sería muy entretenida una conversación de esa naturaleza, y que sigue siendo muy formativo para los estudiantes de derecho abrir esas ventanas a la literatura, como en las fantasías jurídicas que gustaba de escribir José Hoyos Muñoz, mi profesor en la Bolivariana, que en paz descanse.

Muchas veces oí del éxito tremendo que tuvo un seminario de esta naturaleza que organizó, años ha, el grupo de filosofía del derecho liderado por Manuel Atienza en mi siempre evocada Alicante, y ejemplos no faltan a este lado del Atlántico. No solo de juristas que han escrito novelas (siempre recuerdo The Bond, de George Fletcher, excelso profesor de Columbia, o a Gianrico Carofiglio, en Italia), sino de escritores con formación jurídica: pienso, como ejemplo, en García Márquez, o en Juan Gabriel Vásquez, cuya tesis de grado como abogado fue La venganza como prototipo legal alrededor de la Ilíada, publicada años después por la Universidad del Rosario.

Días después le escribí por mensaje interno en una red social a Silva. Le pedí que me recordara de esa conversación con Abad y con Cercas, y le propuse que pensáramos en una fecha, un tema, y hacíamos la conversación. Estuvo de acuerdo y aceptó con la amabilidad que le reconocen todos los que le conocen. Luego sobrevino la pandemia, yo ya no estoy en esa red social y el contacto desapareció. Hoy recuerdo la despedida (con apretón de manos, como se hacía en esa época en la que tampoco había mascarillas), la sonrisa con la que me quedé de ese encuentro fortuito, y me divierto empezando a leer Independencia, el segundo libro de la serie del policía Melchor Marín que nos ofrece Cercas y que tiene que ver, cómo no —y a su manera— con la búsqueda de la verdad y la justicia. Ojalá algún día pueda volver a hablar de los puentes entre el derecho y la literatura con él, con Silva o con Abad.

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