El pasado 6 de abril, cuando supe que se había contagiado de Covid19, le escribí a Guillermo Montoya Pérez, como hacía con alguna periodicidad, para saludarlo y recordarle que en mi familia lo queremos mucho. Con humor me respondió:

“[12:57, 6/4/2021] Guillermo Montoya Pérez: Jugando, mamá, jugando: a que te cojo ratón, a que no gato ladrón

[12:59, 6/4/2021] Guillermo Montoya Pérez: Siguen los embates: de nuevo en quimio y ahora en virus pero sigo luchando

[12:59, 6/4/2021] Guillermo Montoya Pérez: Un abrazo y gracias por estar presentes.”

Un día después me compartió la noticia de la muerte del teólogo Hans Küng, de quien quizás en alguna oportunidad comentamos algún texto. No volví a saber de él hasta que me contaron que le habían ingresado en el hospital. Tras rechazar la entubación, hoy ha muerto Guillermo, que fue mi vecino de despacho universitario algunos años. Fue un vecino noble y generoso: aquejado por los dolores de la enfermedad en varios momentos de su vida, lo mantenía en pie la necesidad del aula de clases y si no iba por la universidad desde tempranas horas, mala señal sería. Su foto de perfil en su teléfono móvil era, justamente, una en la que aparece con un marcador en la mano escribiendo en un tablero: ser maestro es lo que más fielmente le retrataba.

Estuvimos en desacuerdo (muchas veces, absoluto) en numerosas ocasiones, quizás porque él entendía que el desacuerdo, la discusión y el debate constituyen la esencia y fundamento del espíritu universitario. Pero hasta el más radical de los disensos podía hacerlo compatible con su extraordinaria nobleza. Y diré más: Guillermo pertenece a la estirpe de los (muy) pocos académicos colombianos que era radicalmente incapaz de trasladar los desacuerdos al plano personal, en el que el afecto y el aprecio se mantenían incólumes, blindados, porque de esa forma él podía enseñarnos a los demás la gran diferencia que había entre el trato que había que dar a las ideas —debatirlas sin piedad—  y a las personas —rodearlas con profundo amor—. Siempre fue un abierto y leal contradictor con quien daba gusto debatir.

Guillermo Montoya Pérez fue uno de esos abogados que persiguió con desgano los títulos, tal vez sólo para cumplir con las exigencias de la academia burocratizada en la que nos hemos visto inmersos, aunque no los necesitaba desde ningún punto de vista. Tras un par de maestrías y algún posgrado más, se inscribió en un doctorado en Europa, en el que con certeza era más profesor que alumno, y en el que toda su obra acumulada podía ser superior a la tesis doctoral que pretendió escribir y que quizás terminó sin contarle a nadie.

Su imagen la tengo invariablemente asociada a una anécdota de la época en la que yo no le conocía personalmente. Había oído hablar de él y alguna conferencia le había escuchado cuando yo iniciaba mis estudios de derecho: era una conferencia en la que aludía a la teoría de las normas de Ross para explicar un asunto del derecho de familia, hace más de veinte años, cuando ese tipo de cuestiones eran exquisiteces parcialmente ajenas al derecho civil patrio. Poco más sabía de su personalidad, salvo que —a partir de esa conferencia— supe que quienes lo conocían le consideraban un académico de vasta cultura jurídica. Como él combinaba su permanencia en la universidad con el reservado pero eficaz ejercicio del litigio, en alguna ocasión fue contraparte de la firma para la que yo llegué a trabajar al terminar mi carrera, en un pleito cuantioso en pretensiones y honorarios hace varios lustros. Nuestro cliente, un extranjero desconfiado de las justicias del trópico, llamó un día hecho un manojo de nervios porque le había entrado temor de que la jueza del caso fuera sobornada: quería saber cómo contrarrestar un posible soborno. Mi jefe, en defensa del honor de Montoya, me dijo: “Dígale al cliente que si se atreve a insinuar siquiera un acto deshonesto de Guillermo, hoy mismo estoy dispuesto a renunciar al poder y a los honorarios”. Aunque años después el litigio terminó por una transacción entre las partes, creo que nunca le conté esa anécdota a Guillermo. Y cuando gocé de su generosa amistad unos lustros después, llegué a la certeza de que mi jefe de entonces no se equivocaba.

Él me llevaba una ventaja en sabiduría y experiencia que nunca llegaré a equilibrar. Como compañeros de claustro, servía de jurado de los trabajos de grado que yo asesoraba, segundo calificador de los exámenes que yo hacía… y viceversa. Construimos una relación cercana y amable, pese a las muchas diferencias de criterio, que se trasladó en ocasiones a los restaurantes que le gustaba frecuentar, para hablar de lo divino y lo humano y dejar al derecho en otro lado. Lector voraz, evocaba con frecuencia a la maestra que le enseñó a leer, porque le había cambiado la vida. Amante del tango, cantaba voz grave desde tempranísimas horas de la mañana en los pasillos universitarios. Publicó varios libros de derecho civil que escribía con la idea de que sirvieran a sus estudiantes (el más reciente, hace menos de un año), pero que consultábamos con más interés sus colegas: sobre derecho de las personas (Leyer), derechos reales (Leyer), matrimonio (Dikaia), unión marital (Universidad Eafit) y contratos (Universidad de Medellín), o sus breves “divertimentos” (Universidad Eafit). Son libros que quizás se quedan cortos frente a su capacidad de comprensión y enseñanza del derecho, pero ni convertidos en abultados tratados darían una dimensión siquiera aproximada de su entrañable bondad personal.

Era participante activo de congresos y seminarios, a los que viajaba con avidez de adolescente, enamorado del vino y las actividades extracurriculares en las que se comprometía con igual vigor que en los debates académicos.

Maestro y amigo, paternalmente me llamó varias veces durante mis años en el exterior, solo para asegurarse de que todo en mi vida marchara bien. Quizás por esa bonhomía que prodigaba fue merecedor de un voluminoso libro homenaje que colegas latinoamericanos le prodigaron hace algunos años (2014), cuando aún le quedaban varios de fuerza y energía para seguir entregado con vocación inigualable a la formación de jóvenes juristas. Profesor distinguido de la Universidad de La Habana, también le homenajearon el Concejo de Medellín (orden Juan del Corral), el Colegio de Abogados de Medellín (Jurista distinguido) o la Universidad Eafit. Como docente por inagotable vocación, Guillermo solía recordar con algo de emoción y buen humor sus estrategias pedagógicas, como la de enseñar a sus estudiantes la nomenclatura vial de la ciudad como pretexto para hablar de derechos reales.

Aunque su fama era predominantemente local (además de Eafit, fue profesor en la Universidad de Medellín, la Universidad de Antioquia y la Universidad Pontificia Bolivariana), durante años fue árbitro de diferentes centros y conjuez de la Corte Suprema de Justicia, dignidad que le honraba como pocas cosas en el mundo.

Con todos los quilates que tenía, con generoso afecto pasaba por mi despacho (como pasaba por el de los demás colegas) para pedirme sugerencias de lectura sobre temas que él conocía ciertamente mejor que yo, o referencias jurisprudenciales sobre cuestiones que él dominaba al dedillo, o simplemente para preguntar por mi familia, a la que siempre dedicó especial afecto: “Profe, ¿cómo va el matriarcado?”, era el saludo recurrente de un hombre, además, increíblemente detallista. No sé a cuántas de nuestras casas llegaron sus flores y sus detalles con motivo de cumpleaños, nacimientos o celebraciones de títulos académicos. Y así como él a veces pasaba por nuestro despacho o llamaba simplemente para saludar, por el suyo, el confesionario, pasábamos todos: desde los humildes a quienes acompañaba desinteresadamente en trámites jurídicos de toda naturaleza, hasta sus colegas (incluidos los grandes juristas de nuestra tierra) que le llamaban a pedir opinión y consejo.  

En las horas previas a la muerte de Guillermo, nos contó el profesor Alberto Ceballos, su amigo cercano, que un día antes murió su tía María. Y que Guillermo, consciente de su frágil salud —aunque parecía de roble—, siempre había querido que ella muriera primero, para no dejarla sola. Al maestro Montoya Pérez, finalmente, lo cogió el gato. El sobrino de María descansa en paz.

5 comentarios en “Y el gato cogió al ratón (A Guillermo Montoya Pérez, in memoriam)

  1. El dr. Guillermo fue un extraordinario ser humano, mi hija quien fue su alumna lo lloró y me hizo sacar una lagrimita. Agradecimiento eterno, hizo q mi hija se enamorara del derecho. Paz en su tumba 🙏

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  2. Nuestro amigo y destacadísimo maestro, que en santa paz descanse, fué una buena persona. se lo merece, su agradable forma de ser, como todo un señor.

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  3. No hay palabras para describir el maestro maravilloso, el hombre excepcional y respetuoso, amante de su familia como nadie, impecable en su presentación, delicado en su trato a la mujer, de mirada tierna y dulce, y una voz imponente y soñadora. En nuestros corazones su recuerdo y en su partida a la eternidad, paz.

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  4. Conocí a Guillermo como amigo en sus visitas a Puerto Rico y hasta viajamos con amistades comunes. Desconocía tanto de sus logros profesionales porque nunca hablo de ello, pero se le notaba. Me alegra que sus colegas lo recuerden de esta manera. Yo igual.
    Mario Morales
    Juez Superior Retirado
    Puerto Rico

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