Jordi Ferrer es una de esas personas extraordinarias que uno tiene la fortuna de cruzarse en el camino. Por azar del destino, en el año 2008, cuando estaba terminando los cursos obligatorios del doctorado, se enteró de que yo había comenzado a escribir una tesis sobre Michele Taruffo. El propio Taruffo y Ferrer habían comenzado un par de años antes una estrecha colaboración que llevó a “il maestro di Vigevano” (como le llamó su primer discípulo, Angelo Dondi, en un homenaje reciente, evocando la película de Elio Petri) a pasar largas temporadas en Girona tras su jubilación de la Universidad de Pavía. Cuando Ferrer supo de mi tesis llamó a Daniel González Lagier para preguntarle si yo estaría interesado en traducir algo de Taruffo, para un libro de compilación de artículos que prepararía la editorial Marcial Pons. Como ya he contado en alguna ocasión, cuando Daniel me hizo el ofrecimiento me negué. Yo estaba comenzando a aprender italiano, estaba comenzando a leer a Taruffo en serio y mi experiencia en traducción era la misma que en construcción de catedrales medievales: ninguna. Creo que a Daniel no le hizo mucha gracia, pero al cabo de una o dos horas sonó el teléfono del lugar que yo ocupaba en Alicante. Era Manuel Atienza, que me pedía bajar a su despacho. Me dijo algo así: “A estas propuestas uno no dice que no. Tú dí que sí, y luego resuelves si apuras el paso con tus clases de italiano o buscas otro tipo de ayuda. Además, el italiano es un idioma que con buen esfuerzo se aprende mucho, a diferencia del alemán, que con el mismo esfuerzo se avanza poco”. No valieron mis peros, aunque ahí comprendí en parte del carácter de futbolista 10 (incansable repartidor de juego) que tiene Atienza.

A estas alturas ya no recuerdo si llamé o escribí a Jordi Ferrer y acepté la traducción: no sabía yo en qué me estaba metiendo, pues tras el casi seguro “¡Estupendo!” me dijo que me enviaría el material a traducir. Recuerdo haber recibido, semanas después, una caja y un correo electrónico. Solo en ese instante supe que “participar” en la traducción era traducir todo el material. El resultado fue “Páginas sobre justicia civil”, que aun con las erratas que he encontrado, es una traducción de la que me siento muy orgulloso, pese al esfuerzo que me demandó. Allí quedó sellada una especie de deuda de gratitud que contraje con Jordi Ferrer y con el mismo Michele Taruffo. Luego pasé temporadas en Girona y en Pavía, atendiendo eventos concretos o pasando estancias de investigación. En una de ellas, en el otoño de 2011, caminaba por uno de los pasillos de la antigua universidad lombarda (rodeado de su impresionante prosapia científica) con Taruffo. Hablábamos de Denti, su maestro. Y le conté que justo ese día, me habían abierto el estante donde estaba el “fondo Denti”, la biblioteca que había pertenecido al ilustre procesalista. Allí, parados frente al modesto estante, me contó con desazón que era una pena lo que había pasado con la biblioteca de su maestro, pues cuando fueron a buscarla para trasladarla a la universidad, ya había sido “mutilada” y se habían perdido cientos, quizás miles de libros. Se dolía, además, porque el hecho de que lo que quedaba fuera tan poco y estuviera en ese lugar (como arrinconado en la entrada de la biblioteca) era una muestra de que tampoco a la Universidad le importaba mucho: pensar que él sabía mucho más de construcción de inferencias de lo que yo llegaré a saber jamás, fue lo que se me ocurrió después, al pasar por la placa que se puso en honor a Denti unos metros más adelante, cuando bajábamos a tomar un café. Sin embargo, no pude evitar la imprudencia y le pregunté si él pensaba legarle su propia biblioteca a la universidad a la que había dedicado tantos años y a la que se negó a abandonar incluso ante la oferta de una Ivy League estadounidense. Con tristeza me dijo que tenía claro que no la dejaría a la universidad, aunque en ese momento no tenía claro qué haría con ella. Su fondo privado reposaba entonces en un estudio que tenía en un apartamento de Milán, que había comprado a un dentista, pues hacía años ya que los libros no le cabían en casa. El estudio, dotado con una habitación en la que se alojaban sus huéspedes más entrañables, era una magnífica biblioteca especializada. Basta con ojear el aparato bibliográfico de cualquier trabajo de Taruffo para hacerse una idea de la riqueza del fondo que había allí.

Unos años más tarde, el propio Taruffo me escribió —como había hecho muchas veces antes, cuando alguien necesitaba un listado de sus publicaciones— pidiéndome que compartiera con la Universidad de Girona mi recopilación, pues él la reconocía como la única completa: él mismo no tenía registro de todo lo que había publicado en su vida. Se trataba de un homenaje que le haría esa querida universidad, promovido por Jordi Ferrer. La Universidad organizaría una base de datos con enlaces a todas las obras de Michele y se presentó en un congreso homenaje en 2015. Entregué gustosísimo esa información, que hoy está disponible en línea para todo el público.

A comienzos de marzo de 2021, a los tres meses exactos de la muerte de Taruffo, me pidió Jordi Ferrer que le ayudara a completar unos datos biográficos del común maestro. Tenía esa semana un par de reuniones con algunas autoridades políticas y universitarias para conseguir recursos, pues Cristina de Maglie, la esposa de Michele, le había anunciado la donación del “fondo Taruffo” para la Universidad de Girona. Se necesitaba dinero para su adecuado embalaje y traslado desde Milán a Girona, y para conseguirlo había que dar cuenta de quién había sido Taruffo, para dimensionar la importancia de contar con su legado en Girona. Le conté que la entrada en Wikipedia en español sobre Taruffo la había escrito yo (incluso, la foto la tomé yo mismo en una invitación que hice a Taruffo) así que esa información era fiable. Jordi consiguió los recursos y el “fondo Taruffo” ha llegado hoy, 19 de mayo, a la UdG. Una parte especial del fondo bibliográfico estará compuesto por las publicaciones de Taruffo, que los colegas de Girona han estado consiguiendo en todas partes (algunas bien difíciles de encontrar).

Desde hoy, Taruffo no es solo “il maestro di Vigevano” (e di Pavia, añadiré) También es —gracias a Jordi Ferrer, que además me permitió tener una parte mínima de esta historia en mi anecdotario— “il maestro di Girona”, la ciudad en la que quiso comprar una casa.

Un comentario en “Il maestro di Girona (la historia de una biblioteca)

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