Palabras leídas en el Homenaje de las universidades de Medellín, de Antioquia, Autónoma Latinoamericana, Eafit y Pontificia Bolivariana, el 16 de septiembre de 2021

Maximiliano A. Aramburo C.

Profesor de la Universidad Pontificia Bolivariana

Guillermo Montoya Pérez fue mi vecino de oficina en sus últimos años. Eran unas oficinas modulares, funcionales, pero mal iluminadas y sólo en los últimos tiempos con aire acondicionado. Guillermo no solo había logrado conseguir una de las que tenían ventanas (lo cual producía la sana envidia de quienes carecíamos de luz y aire) sino que además era un vecino cariñosamente molesto: llegaba tempranísimo —entre las 5 y las 6 am—, y desde que entraba cantaba tangos y boleros. Alguna poesía declamaba, con un vozarrón potente que llenaba los espacios, impidiendo cualquier concentración, pero facilitando —como siempre hizo— toda la conversación. Luego se iba a clase y tan pronto cruzaba la puerta, uno se quedaba tarareando la canción que Guillermo venía de cantar, y empezaba a extrañarlo. Mientras Guillermo estaba en clase, la tortura cariñosa de su voz la padecían sus alumnos, a quienes perturbaba con sus disquisiciones teóricas, sus cuadros sinópticos perfectos y sus ideas lúcidas que recorrían todo el derecho privado, no importa cuál fuera la materia que ese semestre le tocara en suerte. Allí, en el aula, exponía ideas que eran propias, porque Guillermo no copiaba a nadie y no permitía que nadie copiara: feroces fueron algunas discusiones que tuvimos al respecto evaluando trabajos de grado.

Al terminar sus clases, Guillermo nunca volvía solo. Casi siempre llegaba acompañado de pasteles, buñuelos, o cualquier vianda que se le atravesara en el camino en su regreso del aula: irrespetaba democráticamente dietas y restricciones alimentarias ajenas. Y además de comida, cuando no lo seguían los estudiantes en busca de una explicación teórica o empujando un reclamo sobre un examen, lo seguía un humilde en busca de consejo; o Ricardo, el lotero, para revisar los números de los sorteos de toda la semana. Guillermo con ellos, con los humildes, no era abogado. Guillermo con ellos no necesitaba de los libros que escribió (lo escrito, escrito queda) así que no les entregaba solo su conocimiento, y quizás no iban por eso: a ellos les regalaba su tiempo y les dedicaba horas enteras. Hoy quisiera preguntarle por qué a los estudiantes los despachaba pronto (a llorar al atrio) y a las señoras del aseo las atendía largamente. Ustedes, que conocían a Guillermo mejor que yo, también se imaginarán la respuesta que nos hubiera dado: “lo que los estudiantes necesitan es que se les empuje a pensar, lo que esta señora necesita es a alguien que la escuche y una voz que la aliente”. 

Como las paredes eran delgadas y la voz de Guillermo era potente, fui su alumno y su cliente indirecto e involuntario. Las cartas y memoriales que le dictaba por teléfono a Dorita, me las dictaba también a mi, y las remembranzas de sus antiguos alumnos (de todas las universidades aquí representadas) me las contaron también a mi. Guillermo se sentaba estremecido a escribir las palabras que leía en los funerales de sus amigos y familiares que se fueron anticipando en el viaje que al final él emprendió, y con prodigiosa memoria recordaba (también lo hacía por teléfono) los detalles de cada encuentro con visitantes y seres queridos de los que se despedía.

Así que fui testigo de sus últimos años de vida y aunque no fui su alumno directo, aprendí muchas cosas de él. Sus estudiantes recuerdan sus tableros impecables y sus exámenes imposibles. Sus contrapartes, su lealtad y rigurosidad teórica a toda prueba. Sus clientes, su honestidad en sus posiciones. Yo quiero recordar aquí, como parte de este mínimo homenaje, su faceta de investigador, de escritor. Y para hacerlo tomaré como pretexto su última publicación: los “Veintidós divertimentos jurídicos”, que subtituló Breves comentarios sobre diversos aspectos de derecho privado. Ese librito muestra a un Guillermo maduro en sus reflexiones jurídicas; aquilatado, inspirado fuertemente por el gran magistrado Ricardo Uribe Holguín, a quien quiso emular, provocando el debate “racional y razonado, dejando de lado el argumento de autoridad, para buscar explicaciones lógicas”: Guillermo se sabía iconoclasta, como Uribe Holguín, y no quiso marcharse del mundo sin dejar un último testimonio de ello, como si su propia personalidad, sus libros anteriores y sus miles de horas de vuelo en clase, no fuesen suficiente prueba.  

Guillermo se describió a sí mismo en esos Divertimentos como bucanero de altamar, sin patria ni destino; como tahúr; como un necesitado del diálogo y la contradicción. En esa obrita (delicatesen para privatistas) Guillermo apostó a reventar algún paradigma, rescatando piezas que con certeza soltaba en las aulas y no encontraban plena cabida en sus otros libros sobre personas, derechos reales, matrimonio, contratos.

Pongo tres ejemplos de sus divertimentos:

  • Jugado a no ser políticamente correcto, se batió en tres páginas con argumentos verticales contra la consideración de los animales, los ríos y las especies vegetales como sujetos de derecho, recordando que también Calígula nombró a Incitatus cónsul de Bitinia.
  • Se debatió a si mismo, al derecho de Montoya, en cuanto a la distinción entre título y modo, atacándola.
  • Propuso —quizás muy tímidamente— una reforma, con articulado y todo, al régimen de bienes baldíos y del derecho de superficie, reivindicando la función más progresista y social del derecho de propiedad. Y añadió una reflexión sobre la venta del aire (problema de siempre de los humildes en los consultorios jurídicos).

En esos Divertimentos Guillermo cuestionaba el tratamiento de la muerte como un plazo (hecho futuro y cierto), y buscaba demostrar que en realidad se la trataba como  condición (hecho futuro e incierto). Guillermo, en contra del legislador, sabía que la vida era finita y que su hora llegaría pronto. Por eso publicó con avidez de discusión sus pensamientos, y nos los dejó en préstamo, para que los tratemos sus colegas y discípulos como él hacía: con amor por la persona y sin piedad con las ideas.

No he tenido ocasión de leer el Liber Gratitudinis que escribió Guillermo, y que cita en los Divertimentos. Con sus recuerdos y su obra, los aquí presentes podríamos hacer otro libro de gratitud hacia él, hacia su generosa personalidad.

Dije antes que Guillermo no permitía que nadie copiara. A unos meses de su muerte, creo entender que puso sus empeños intelectuales en ser auténtico, original, como Uribe Holguín. Guillermo descansará en paz, porque sabía perfectamente que él mismo no puede ser copiado.

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