He tenido (o mejor: he padecido) una cierta falta de constancia crónica con mis pasatiempos, aunque más que abandonarlos los acumulo. Con ellos no me planteo como objetivo el goce de llegar a dominarlos, sino lo que en términos ciclísticos sería apenas una “meta volante”: me gusta entender cómo funcionan para tener las bases y practicarlos luego, de manera esporádica, hasta que algún día los deje, como una especie de permanente work in progress en el que siempre podré mejorar. Una vez logradas esas bases, ya puedo buscarme uno nuevo en el que sienta que, más que perfeccionar, estoy aprendiendo. Me pasa sobre todo con los deportes. En la metáfora de Arquíloco sobre zorras y erizos que hizo popular Isaiah Berlin (y luego, Dworkin), yo me veo claramente como una zorra, aunque no solo en relación mis pasatiempos:

«Pues hay un gran abismo entre, por un lado, quienes lo relacionan todo con una única visión central, con un sistema más o menos congruente o integrado, en función del cual comprenden, piensan y sienten —un principio único, universal y organizador que por sí solo da significado a cuanto son y dicen— , y, por otro, quienes persiguen muchos fines distintos, a menudo contextos y hasta contradictorios, ligados si acaso por alguna razón de facto, alguna causa psicológica o fisiológica, sin intervención de ningún principio moral ni estético. Estos últimos llevan vidas, realizan acciones y sostienen ideas centrífugas más que centrípetas; su pensamiento es difuso, ocupa muchos planos a la vez, aprehende el meollo de una vasta variedad de experiencias y objetos según sus particularidades, sin pretender integrarlos ni no integrarlos, consciente o inconscientemente en una única visión interna, inmutable y globalizadora. Visión que, a veces, es contradictoria, incompleta y hasta fanática. Los erizos tienen la personalidad intelectual y artística de los primeros. La zorra, la de los segundos». 

Alguna vez, una persona de la academia a la que admiro mucho, me dijo (con un tono que siempre me sonó más a reproche que a verificación empírica, y claramente nunca fue un elogio) que yo tenía una visión horizontal del derecho, cuando lo habitual —y desde entonces me pregunto si quería decir «lo bueno»— es que los académicos tuvieran una visión más vertical. Ella, que no tiene una visión horizontal, sino que es capaz de tener varias visiones verticales igualmente profundas, pensaba que yo no podía clasificarme como «civilista» o «penalista», o lo que fuera, a pesar de que había estudiado ambas cosas, porque era incapaz de concentrarme absolutamente en una de ellas con la finalidad de dominarla, porque me la pasaba encontrando lazos y conexiones. Esto, que me ha llevado a formarme en diferentes campos del saber jurídico, y me llevó a mi doctorado en un área diferente, me ha pasado en cualquier cantidad de empresas de aficionado en las que me he comprometido, sobre todo deportivas, con alguna incursión en alguna tarea artística. Esto quiere decir que, además de que soy yo mismo profesor hace ya más de tres lustros (y lo he sido en una cantidad de universidades que ya no logro contar), he sido tantas veces alumno que, con algo de exageración, diría que cualquier tipología de profesores que se haga puede ponerse a prueba con los míos.

Con toda esa experiencia, recientemente me he topado con un tipo de profesor que, hasta donde llegan mis recuerdos, no me había tocado nunca en suerte. Es un profesor de una disciplina deportiva y asisto a clases que dan, por segmentos, diferentes profesores. Su característica principal es que da clase a desgano, con frustración, porque se siente cómodo en el juego mismo, pero no enseñándolo: tras sus años de práctica, lo que le resulta obvio no logra transmitirlo (o mejor: no logro yo entendérselo) a los neófitos. Por descontado está que iniciarse en una disciplina deportiva a la edad que tengo, ya descarta la competencia «en serio» como una de las finalidades por las que alguien podría incursionar, pero además mi carácter diletante hace que yo sea (muy) poco proclive a pensar en los deportes que practico en términos de competencia, máxime en un deporte en el que si bien hay competencia, es perfectamente individual, característica que viene muy bien a mi taciturnidad incremental. Pues bien: este profesor (y no los demás), habitualmente insiste en una estrategia pedagógica que a mi me resulta chocante, lección tras lección: que todo o casi todo se pretenda explicar en función de la competencia: “Así no se ganan torneos”, “esta es la bola que le da el campeonato”, «ese error no lo puede cometer cuando esté compitiendo» y expresiones similares, que son un recurso retórico semejante al de quien ve el derecho sólo en términos de un litigio, pero que además dejan la sensación de que si se prohibiera su uso, el profesor no lograría reemplazarlas por otras que transmitan su mensaje pues sólo puede ver el deporte en términos de una competencia en la que él mismo se ha visto comprometido de manera profesional. Esto implica que yo, como alumno, me quedo con la idea de que el profesor no concibe que alguien se interese en “su” deporte con finalidades diferentes de la competencia, como el abogado que no concibe que alguien se aproxime al derecho con finalidades diferentes a ser un litigante. Por ejemplo, una meramente recreativa, como la que tengo yo, que no tengo el más mínimo interés en inscribirme en un torneo.

Ya había advertido algo así con una de mis hijas, también en alguna clase de otra disciplina deportiva (y con un profesor diferente) hasta que fue ella misma la que en un acto de valentía y sinceridad me dijo que no sentía ningún entusiasmo por competir y que sólo quería aprender… y perdió completamente el entusiasmo por ese deporte. He pensado mucho en las palabras de mi hija a propósito de mi profesor, con quien no he logrado tener empatía alguna, al punto de que me produce un tedio terrible la sección de la clase a su cargo. Esa falta de empatía y su especial énfasis en “el torneo” que tan poco me interesa, aunados a su desinterés en responder preguntas (“Eso lo aprende cuanto esté compitiendo” y alguna otra), me han generado alguna reflexión sobre la tarea de quien enseña, además de la apremiante necesidad de cambiar de profesor, pues una vez comprendí su lógica, me he descubierto a mi mismo provocándole sus respuestas descolgadas que desnudan la fragilidad de su docencia, pero que a mi no me enseñan ya nada.

Paso a la reflexión que quería escribir: aunque es un lugar común, con los años aprendí que no hay preguntas irrelevantes. Por supuesto hay preguntas que no tienen conexión con la materia: la mente del estudiante divaga de manera incontenible pues, en palabras de Les Luthiers, tiene derecho a razonar por fuera del recipiente. Vuelvo a mi profesor: le pregunté si era relevante conocer el material, entre varios posibles, del que estaba hecha cierta superficie, para medir su densidad y así identificar el tipo de golpe. Su respuesta fue: “Eso no le importa ahora, cuando esté en un torneo, de pronto”. Además de que eso me indicó que la falta de empatía es mutua (y que el profesor no conocía la respuesta, como evidencié después), me dejó pensando en que una de las habilidades del profesor no está en descartar la pregunta, sino en reconducir los sinuosos caminos mentales de su auditorio.

Pongo unos ejemplos: (i) una pregunta ya respondida puede revelar falta de atención (y entonces el profesor deberá preguntarse por qué no logró captarla en ese momento): me repito habitualmente que mi tarea es que mis estudiantes comprendan lo que yo quiero transmitirles, y que si hace falta repetirlo varias veces para explicarlo mejor, es mi deber moral intentarlo. (ii) Una pregunta sobre algo que más adelante se tiene previsto ver revela interés de quien la formula, un carácter quizás avezado y una mente que alcanza a vislumbrar temas futuros: anticipar una respuesta, aunque sea de manera breve, no le quita nada a nadie, pero cortarla revela debilidades docentes y frustra el pensamiento creativo quien se atrevió a comentar en voz alta sus cuitas. (iii) Una pregunta como la mía, que en efecto parece desatinada para un neófito con ínfulas, puede tener dos respuestas posibles: nada cuesta al experto, si sabe la respuesta, responderla brevísimamente, porque el saber no ocupa espacio.

A un conocido profesor de mis disciplinas, refiriéndose a su auditorio de estudiantes de primeros semestres, le escuché decir que cierta discusión sería como “dar margaritas a los cerdos”. Otro, refiriéndose al carácter excelso de sus conocimientos frente al basto nivel de su auditorio, sugirió que era como “conducir un Ferrari en descampado”. Yo concluyo: si a uno le molestan las preguntas, o bien uno ha elegido mal el oficio (de profesor), o bien ha contado con la mala suerte de serlo donde no se le valora lo suficiente, y en ambos casos el problema es propio (y la solución está en sus manos) y no del auditorio.

Esto me lleva a una segunda reflexión que también es un conocido lugar común: saber mucho de una disciplina no equivale a ser buen profesor. Sobre esto ya volveré en alguna ocasión.

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