A alguno le dará asco. Y a mi también, claro: hoy he encontrado un ratón en mi biblioteca. Un ratón de biblioteca, en el sentido más literal posible. Llevaba varios días encontrando sus heces (pequeñitas, duras, negras) pero no sabía de qué eran, no se nada de ratones Creo que pude haberlo imaginado, pero sólo hoy que lo vi (“con estos ojos que se han de comer los gusanos”, como diría Regina, una señora ya mayor, que ayudó a que yo me criara) puedo estar seguro de que se trata de un ratón. No es una rata, no: es un ratón pequeño y veloz. Tampoco es una zarigüeya, que hay una que vive cerca, aunque la he visto pocas veces en casi cinco años que llevo viviendo en esa casa. Quiero que se vaya el ratón, por supuesto, y si pudiera determinar su comportamiento por nudges alguno intentaría para simplemente ahuyentarlo. Pero no puedo evitar disfrutar el dejo literario que tiene encontrar un ratón en la biblioteca: mi ratón de biblioteca.

Hace unas semanas vi uno en el jardín, hurtándose unas croquetas de la comida de Shakespeare y Pinocchio, nuestros galgos. Era cerca de media noche y ya todas dormían. Yo, sentado en la sala, le vi acercarse a los comederos de los perros y cogía velozmente unas croquetas, para devolverse veloz a la pequeña manigua que tenemos por jardín. Yo no sabía que ya el ratón había entrado, pero parece que fui yo mismo quien le abrió la puerta, cuando decidí dejar abierta la del jardín… yo pensaba que así los perros podían bajar a mear en las noches, sin orinar la alfombra de la sala… o mi sillón de la biblioteca. Ahora parece que tenemos un zoológico de fauna urbana: en el día, al menos tres especies de aves llegan a comer lo que los gañanes perrunos dejan, y en la noche los ratones. Durante todo el día oímos el canto de los pájaros, aunque mis favoritos son los gritos de los pericos, unas cotorritas verdes que están todos los días por ahí. Hace rato no veo las guacharacas ni las guacamayas, pero a diario llegan las tórtolas, los bichofués y alguna más, a comer el pienso de alta gama que tenemos que comprar para los estómagos sensibles de los pequeños galgos. Las aves y los perros parecen disfrutarlo, y ahora el ratón ha descubierto también su potencial alimenticio: tras los libros —además de las heces— había decenas de croquetas que llevaba en la noche, y hasta los restos de un chocolate que quién sabe de dónde sacó.

Lo oí de madrugada: sus pasos veloces sobresaltaron el silencio de la madrugada decembrina. Ya en el mismo espacio había encontrado, hace algunos meses, un alacrán, posado sobre el espaldar del sillón en el que suelo leer. Allí estaba yo, intentando rescatar algunos minutos de sueño antes del alba y el ruidito me inquietó. No me sobresaltó, porque es discreto, pero sí me dio claras señales de que yo no estaba solo. Encendí la linterna del celular, me agaché y lo vi por un instante, rapidísimo.

Más allá de las evocaciones literarias del ratón en mi biblioteca, creo que hoy ha comenzado una batalla territorial, aunque mi hija piense que puede ser el ratón Pérez.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s