Las columnas en Ámbito Jurídico

Sería febrero o marzo de 2015 cuando el director de Ámbito Jurídico me llamó. Nos habíamos conocido cuando unos meses atrás ese periódico estaba realizando un reportaje sobre la vida y obra de Javier Tamayo Jaramillo, uno de mis más queridos y admirados maestros. Él les sugirió que me hicieran algunas preguntas a mi, en calidad de discípulo que le conocía bien, pues para entonces yo había tenido a mi cargo la coordinación de la edición de 2007 de su Tratado de responsabilidad civil y además  había hecho las veces de editor académico del liber amicorum que en 2011 se publicó con el concurso editorial del IARCE, la Universidad Pontificia Bolivariana, la Pontificia Universidad Javieriana y Diké.

En esa llamada me contaron que querían descentralizar un poco las páginas de opinión de Ámbito Jurídico, que ya era entonces —y en mi opinión, sigue siendo— el principal periódico especializado en derecho del país. “Descentralizar” quería decir incorporar voces más jóvenes y no necesariamente de juristas de Bogotá. Me sorprendí cuando me propusieron tener una columna “propia”. Acepté con muchas dudas, y desde mayo de 2015 sale cada tres números del periódico. Al margen de ello, he colaborado con comentarios en la sección de Análisis jurisprudencial (por ejemplo aquí, aquí y aquí), con opiniones especiales (como en este caso) y con una entrevista que hice a Mauricio García Villegas y María Adelaida Ceballos, sobre su libro “Abogados sin reglas”).

Aquí están los enlaces, en orden cronológico:

De aclaraciones y salvamentos, No. 418:

Ética y disciplina, No. 421.

Víctimas a la deriva, No. 424.

La reconquista iusfilosófica, No. 427.

Disfraces en la jurisprudencia, No. 430.

Cuestión de educación, No. 433.

Sobre “La ciencia útil”, No. 436.

Supremas elecciones, No. 439.

Doctores, No. 442

Adanes, No. 445.

La guerra de las falacias, No. 448.

Malas personas, buenos testigos, No. 451.

– Indicios, conjeturas, estándares, No. 454.

¿Una lectura moral de la oralidad?, No. 457.

La modernización del derecho civil, No. 460.

Perdón, No. 460.

Culpa, No. 463.

Normas judiciales (a propósito de un libro), No. 466.

Regiones, universidades y calidad, No. 469.

¿Una banda de ladrones? (o la cuestión filosófica como injuria), No. 472.

Vender el sofá, No. 475.

Ropita de trabajo, No. 481 (por razones que desconozco, aunque en el impreso apareció correctamente, el título en la edición online salió cambiado por “¿El decoro profesional se mide por el vestuario?”)

Variaciones alrededor de nada, No. 487.

Hart en la Corte Suprema: una anotación teórica, No. 490

¿Villaveces o Rosazza? Una hipótesis sobre el daño moral, No. 493

Juezas y magistrados, No. 496.

Elegantia iuris, No. 499.

Juristas de la sociedad del cansancio, No. 502.

De la polis a la civitas, No. 505.

#JurisprudenciaChallenge, No. 508.

Empanadas, vendedores ambulantes y perversidades en el Derecho, No. 511.

Jueces y científicos, No. 514.

Secreto y testimonio, No. 517.

Arbitraje de ejecución, No.520.

La muerte de la incapacidad, No. 523.

La idea de código, No. 526.

“Muebles El canario”, No. 529.

Lectoescritura, No. 532.

Pandemia y fuerza mayor, No. 535.

Queridas E. y E., No. 538.

La doctrina, la teoría y las decisiones judiciales, No. 540.

Jueces y abogados platónicos, No. 543

– Por una comisión permanente de la codificación, No. 547.

El (fantasmagórico) concepto de autoría en la responsabilidad civil, No. 550.

Para qué los maestros, No. 552.

Todo nos llega tarde, No. 555.

Dos ideas sobre la preparación ética del testimonio, No. 558.

Abuso y litigio, No. 561.

‘Iura novit curia’, No. 564.

Deportes y arbitraje, No. 567.

– Dinero y valor, No. 570.

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Hace unos años sostuve un blog con alguna regularidad. Duró un tiempo y, como era previsible, me cansé y lo cerré sin guardar ninguna de las entradas que publiqué allí. Su título lo he recuperado parcialmente (al menos con un aire de familia) para éste. Un tiempo después de cerrar el blog, en 2015, fui invitado a ser columnista de un periódico jurídico que circula cada dos semanas: mi columna aparece cada tres ediciones, así que sale unas 8 veces al año. Ha sido un ejercicio interesante que espero mantener mientras los responsables de Ámbito Jurídico así lo decidan. Sin embargo, con el tiempo he visto que hay temas sobre los que quisiera escribir unas líneas pero que no caben (por el tema, por la extensión, por el propósito…) en esa columna. Algunas veces el impulso se ha perdido, al tiempo que en otras ocasiones he pergeñado líneas que luego no leo ni yo mismo. Además, he reunciado voluntariamente al ejercicio de lo que alguna vez se llamó microblogs de una famosa red social, pues a pesar de la cantidad de interacciones amables y de algunas buenas relaciones que hice allí, el nivel de reactividad y agresividad me recordaba a menudo la sentencia del admirado Umberto Eco sobre las redes.

He decidido, entonces, volver ocasionalmente a la escritura en la forma de estas bitácoras que son los blogs, de una manera personal, poco interactiva (menos deliberativa, si se quiere), pero más reflexiva. Tampoco pretendo llegar a grandes públicos, sino abrir un espacio al papel que debemos jugar quienes tenemos un lugar en la academia, compartiendo las reflexiones que susciten algunos temas, que o bien no merezcan una investigación o un periodo más largo de incubación editorial, o bien permitan una discusión inicial de sus argumentos, que pueden ser desarrollados —o no— en otro tipo de ensayos. Evidentemente, no tendré una opinión formada sobre cada evento del acontecer mundial: carezco de versación en miles de temas sobre los que hay centenares de expertos, entre los que no me cuento. Reconocer esos límites es, también, parte del ejercicio: aprender a callar. Renuncio, pues, a la máxima coherencia y ponderación, según la cual si digo X sobre el tema A, también tendría que haber dicho X (o Y) sobre el tema B, del que en el pasado no dije nada. Me quedo con la versión mínima de esos valores: si cambio de opinión sobre un tema, habré de reconocerlo señalando los errores que acuse mi argumento, y reconoceré si mi argumento tiene implicaciones en otro, siempre que sea consciente de ello y la ocasión de afirmarlo así se presente. Por lo demás, soy consciente de que una vez escritas y publicadas las palabras que pretendo dejar caer por aquí, cobrarán una suerte de vida propia que quizás no corresponda a la que pretendí insuflarles: tendré que vivir con ello.

Aquí, por lo tanto, escribiré algunas cosas sobre el derecho y la administración de justicia desde las perspectivas de las que me he ocupado desde que tomé uso de razón jurídica: el llamado derecho civil patrimonial —tan injustamente denostado—, la responsabilidad del Estado, la filosofía del derecho, la argumentación jurídica y la decisión judicial. Algunas cosas más —sobre las que sea legítimo formarme opiniones— también serán abordadas aquí, por supuesto, con las dos o tres máximas que procuraré respetar (y sobre las cuales pido me llamen la atención cuando no lo haga): 1) deferencia a la mejor versión del argumento que se pretenda criticar, si se trata de una crítica; 2) brevedad y concisión.

Esto no es una publicación científica y no quisiera que fuera tratada como tal, ni siquiera a los limitados efectos con los que suelo encontrarme en calidad de profesor, cuando los estudiantes, renunciando temporalmente al ejercicio de la razón crítica, evitan las fuentes relevantes y se someten a la dictadura de los algoritmos de los buscadores. Aquí habrá opiniones, que serán más o menos acertadas, pero que no aspiran más que a eso. Se ruega, por tanto, darles el justo sitial que merecen.