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Hace unos años sostuve un blog con alguna regularidad. Duró un tiempo y, como era previsible, me cansé y lo cerré sin guardar ninguna de las entradas que publiqué allí. Su título lo he recuperado parcialmente (al menos con un aire de familia) para éste. Un tiempo después de cerrar el blog, en 2015, fui invitado a ser columnista de un periódico jurídico que circula cada dos semanas: mi columna aparece cada tres ediciones, así que sale unas 8 veces al año. Ha sido un ejercicio interesante que espero mantener mientras los responsables de Ámbito Jurídico así lo decidan. Sin embargo, con el tiempo he visto que hay temas sobre los que quisiera escribir unas líneas pero que no caben (por el tema, por la extensión, por el propósito…) en esa columna. Algunas veces el impulso se ha perdido, al tiempo que en otras ocasiones he pergeñado líneas que luego no leo ni yo mismo. Además, he reunciado voluntariamente al ejercicio de lo que alguna vez se llamó microblogs de una famosa red social, pues a pesar de la cantidad de interacciones amables y de algunas buenas relaciones que hice allí, el nivel de reactividad y agresividad me recordaba a menudo la sentencia del admirado Umberto Eco sobre las redes.

He decidido, entonces, volver ocasionalmente a la escritura en la forma de estas bitácoras que son los blogs, de una manera personal, poco interactiva (menos deliberativa, si se quiere), pero más reflexiva. Tampoco pretendo llegar a grandes públicos, sino abrir un espacio al papel que debemos jugar quienes tenemos un lugar en la academia, compartiendo las reflexiones que susciten algunos temas, que o bien no merezcan una investigación o un periodo más largo de incubación editorial, o bien permitan una discusión inicial de sus argumentos, que pueden ser desarrollados —o no— en otro tipo de ensayos. Evidentemente, no tendré una opinión formada sobre cada evento del acontecer mundial: carezco de versación en miles de temas sobre los que hay centenares de expertos, entre los que no me cuento. Reconocer esos límites es, también, parte del ejercicio: aprender a callar. Renuncio, pues, a la máxima coherencia y ponderación, según la cual si digo X sobre el tema A, también tendría que haber dicho X (o Y) sobre el tema B, del que en el pasado no dije nada. Me quedo con la versión mínima de esos valores: si cambio de opinión sobre un tema, habré de reconocerlo señalando los errores que acuse mi argumento, y reconoceré si mi argumento tiene implicaciones en otro, siempre que sea consciente de ello y la ocasión de afirmarlo así se presente. Por lo demás, soy consciente de que una vez escritas y publicadas las palabras que pretendo dejar caer por aquí, cobrarán una suerte de vida propia que quizás no corresponda a la que pretendí insuflarles: tendré que vivir con ello.

Aquí, por lo tanto, escribiré algunas cosas sobre el derecho y la administración de justicia desde las perspectivas de las que me he ocupado desde que tomé uso de razón jurídica: el llamado derecho civil patrimonial —tan injustamente denostado—, la responsabilidad del Estado, la filosofía del derecho, la argumentación jurídica y la decisión judicial. Algunas cosas más —sobre las que sea legítimo formarme opiniones— también serán abordadas aquí, por supuesto, con las dos o tres máximas que procuraré respetar (y sobre las cuales pido me llamen la atención cuando no lo haga): 1) deferencia a la mejor versión del argumento que se pretenda criticar, si se trata de una crítica; 2) brevedad y concisión.

Esto no es una publicación científica y no quisiera que fuera tratada como tal, ni siquiera a los limitados efectos con los que suelo encontrarme en calidad de profesor, cuando los estudiantes, renunciando temporalmente al ejercicio de la razón crítica, evitan las fuentes relevantes y se someten a la dictadura de los algoritmos de los buscadores. Aquí habrá opiniones, que serán más o menos acertadas, pero que no aspiran más que a eso. Se ruega, por tanto, darles el justo sitial que merecen.